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Hay preguntas científicas que parecen sencillas, casi ingenuas, cuyas respuestas esconden grandes controversias científicas. ¿Qué ocurre realmente cuando el agua entra en contacto con una superficie sólida? Durante décadas, esta cuestión ha generado resultados contradictorios y debates intensos en la comunidad científica. Ahora, un estudio coliderado por Ricardo García (ICMM-CSIC) ha investigado con un nivel de detalle nunca antes alcanzado la interacción entre el agua y el grafito, aportando una explicación sorprendente: en muchos casos, el agua ni siquiera llega a tocar directamente el material.
En esta entrevista, conversamos con el investigador para descubrir cómo una capa invisible de moléculas cambia por completo nuestra comprensión de este fenómeno y por qué este hallazgo puede tener aplicaciones en sensores biomédicos, energía o tratamiento de aguas.
El Plutonio fue descubierto en 1940 por Seaborg, Kennedy, McMillan y Wohl. En la naturaleza casi no existe, tan solo se han encontrado trazas en algunas minas de uranio. Si lo presentáramos al uso, tendríamos que decir que es un metal blanco plateado, altamente reactivo y radiactivo, que se funde a 640 º centígrados. Su densidad es muy elevada, hasta el punto que, si llenáramos con él un tetrabrick de los utilizados habitualmente para envasar un litro de leche, éste pesaría nada menos que 19,8 kilogramos. No obstante, eso es algo que jamás lograríamos hacer porque, si intentáramos reunir esa cantidad, se produciría una explosión nuclear de efectos devastadores. Esto, desgraciadamente, tiene su reflejo en la historia que hoy nos cuenta Ulises.
Hace unos días, paseando por el campo, me detuve a disfrutar del paisaje. Ante mis ojos se ofrecía la tierra desnuda, salpicada en algunos puntos por el reflejo del agua de un riachuelo y las montañas lejanas. Elevé la vista y, más arriba, las nubes formaban una cubierta gris que se alejaba también hasta juntarse con la tierra, allá en el horizonte. Entre ambas, una extensa región de aire transparente separaba la tierra y del mar de nubes. Tierra, aire y nubes, un sándwich natural al que estamos acostumbrados. Pero ¿por qué es así? ¿qué razón obliga a las nubes a estar allí a lo alto, desplegadas como un inmenso paraguas? Una nube puede contener mucha agua, si es así, ¿por qué no cae por su propio peso? ¿cuánta agua puede contener una nube? Hoy respondemos a estas preguntas en “La Ciencia Nuestra de Cada Día”.
Hoy, Jorge Laborda nos describe la sorprendente similitud que existe entre un proceso cotidiano —el calentamiento de la leche en una cacerola puesta al fuego— y otro astronómico: la formación de una gigante roja. Comienza explicando con detalle cómo se calienta una cacerola con agua: primero por conducción y, después, por convección, cuando el agua caliente asciende y la fría desciende. Al alcanzar los 100 °C, las burbujas de vapor empiezan a subir y, según su estabilidad, pueden provocar desbordamientos, como ocurre con la leche hirviendo. Finalmente, compara este fenómeno con la expansión de las estrellas al entrar en su fase de gigante roja: al igual que la leche, sus capas exteriores se “desbordan” para liberar el exceso de energía, revelando una sorprendente analogía entre lo que sucede en la cocina y en el cosmos.
Adelgazar o ganar peso, tanto para la Tierra como para nosotros, es el resultado del balance entre lo que comemos y lo que expulsamos en un periodo de tiempo dado. Hoy damos un repaso al menú que va proporcionando materia a nuestro planeta, un menú cuyo plato principal es una ensalada de meteoritos, polvo cósmico y partículas. A ese primer plato hay que añadir lo que gana debido al calentamiento global y, de postre, discutimos el efecto que tiene el aumento de la población de las criaturas que vivimos en él. En un próximo programa de la Ciencia Nuestra de Cada Día analizaremos lo que la Tierra “excreta” para determinar si nuestro planeta está engordando o adelgazando.
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