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Ciencia Fresca

La ciencia no deja de asombrarnos con nuevos descubrimientos insospechados. En el podcast Ciencia Fresca, Jorge Laborda Fernández y Ángel Rodríguez Lozano discuten con amenidad y, al mismo tiempo, con profundidad, las noticias científicas más interesantes de los últimos días en diversas áreas de la ciencia. Un podcast que habla de la ciencia más fresca con una buena dosis de frescura.

El nacimiento de nueva corteza terrestre. Células B contra el glioblastoma.

Corteza nueva y glioblastoma - Ciencia Fresca podcast - Cienciaes.com

La expansión del fondo marino.

Hace 150 de millones de años no existía el océano Atlántico. América, Europa y África formaban parte de un único supercontinente. Hoy sabemos que aquellos continentes comenzaron a separarse lentamente y que, a medida que se abría una inmensa grieta en la corteza terrestre, el magma ascendía desde el interior del planeta para crear nueva corteza oceánica. Así nació el Atlántico. Lo extraordinario es que ese proceso continúa hoy, aunque a una velocidad tan lenta —apenas unos centímetros al año, similar al crecimiento de nuestras uñas— que resulta imposible apreciarlo a simple vista. Sin embargo, un grupo de científicos ha conseguido, por primera vez, observar directamente cómo el fondo de un océano se abre y crea nueva corteza mientras el fenómeno estaba ocurriendo.

El escenario de esta historia se encuentra en un lugar remoto del océano Índico, cerca de la isla de Ámsterdam, donde la placa Australiana y la Antártica se separan a lo largo de la Dorsal del Índico Sudoriental. Las dorsales oceánicas forman una red de unos 65.000 kilómetros de longitud que recorre todos los océanos y constituye el sistema montañoso más extenso de la Tierra. Son auténticas fábricas de corteza oceánica: cuando dos placas litosféricas se alejan, el material caliente del manto asciende, parte se funde por la disminución de presión y el magma resultante rellena el espacio, solidificándose y formando nuevo fondo marino.

Observar este proceso no es sencillo. En tierra firme, las deformaciones de la corteza pueden medirse con gran precisión gracias a satélites y sistemas de navegación por satélite, pero esas señales no atraviesan kilómetros de agua. Durante décadas, los geólogos han reconstruido la expansión del fondo oceánico estudiando las huellas que deja el proceso: terremotos, coladas de lava, bandas magnéticas o mapas batimétricos. Lo que faltaba era contemplar el fenómeno en tiempo real.

Con ese objetivo se instaló el observatorio submarino OHA-GEODAMS apenas dos meses antes del acontecimiento. El sistema combinaba cinco hidrófonos —auténticos “oídos submarinos” capaces de escuchar los sonidos asociados a los terremotos—, quince transpondedores acústicos que medían con enorme precisión las distancias entre distintos puntos del fondo mediante pulsos de sonido, un registrador de presión que detectaba si el lecho marino subía o bajaba, y campañas de batimetría realizadas desde barcos para comparar el relieve antes y después del episodio.

El 26 de abril de 2024 la Tierra ofreció una oportunidad irrepetible. Una secuencia de terremotos recorrió unos 17 kilómetros de la dorsal. Las balizas acústicas registraron que las placas se habían separado más de un metro. El registrador de presión detectó que el fondo marino descendió aproximadamente cuatro metros en apenas seis días. Y los mapas batimétricos confirmaron la aparición de nuevas coladas de lava. Por primera vez fue posible seguir simultáneamente la fracturación de la corteza, la apertura de las placas, el hundimiento del terreno y la creación de nueva corteza oceánica.

Pero el resultado más sorprendente llegó al analizar los datos. Los terremotos observados no eran suficientes para explicar todo el desplazamiento medido. Una parte importante de la apertura de la dorsal ocurrió de forma silenciosa, impulsada por el ascenso del magma que penetró en grandes grietas verticales y actuó como una cuña, separando las placas sin generar terremotos capaces de justificar todo el movimiento. Esto sugiere que las dorsales no se expanden siempre de forma continua: pueden acumular tensión durante décadas —o incluso siglos en las más lentas— y liberarla en episodios breves e intensos.

Los investigadores estiman que sucesos parecidos podrían repetirse entre 125 y 160 veces cada año en las dorsales oceánicas de todo el planeta. La inmensa mayoría pasan inadvertidos porque ocurren bajo kilómetros de agua. Esta vez, sin embargo, la casualidad quiso que unos científicos hubieran colocado allí sus instrumentos apenas unas semanas antes. Gracias a ellos hemos podido asistir, por primera vez, al nacimiento de un fragmento del suelo oceánico y comprobar que nuestro planeta sigue construyéndose, silenciosamente, bajo las aguas.

Referencia:

Grevemeyer I, Ruepke LH. Sea-floor spreading captured by undersea observatory. Nature. 2026 Jul;655(8123):580-582. doi: 10.1038/d41586-026-01943-5. PMID: 42420612.

Células B contra el glioblastoma: una nueva pista para mejorar la inmunoterapia.

El glioblastoma es uno de los tumores cerebrales más agresivos y difíciles de tratar. Crece de forma infiltrante en el cerebro, reaparece con frecuencia tras la cirugía, la radioterapia y la quimioterapia, y además suele responder mal a muchas inmunoterapias. Una de las razones es que sus células pueden presentar pocos antígenos mediante moléculas MHC-I, lo que dificulta que los linfocitos T CD8 citotóxicos las reconozcan y destruyan. El artículo de Science Immunology que comentamos en este programa recuerda que el glioblastoma sigue teniendo una supervivencia media inferior a 15 meses pese al tratamiento estándar.

La inmunoterapia de bloqueo de puntos de control inmunitario consiste, en términos sencillos, en quitar frenos al sistema inmunitario. En algunos tumores, bloquear moléculas como PD-1 o CTLA-4 permite mantener más activas a las células T antitumorales. Sin embargo, en glioblastoma el bloqueo de PD-1 ha sido en general poco eficaz. En cambio, el bloqueo de CTLA-4 parece tener efectos más prometedores en ciertos contextos, aunque hasta ahora no estaba claro por qué.

El nuevo trabajo, realizado en modelos murinos de glioma, propone una explicación sorprendente: la eficacia de anti-CTLA-4 no dependería principalmente de linfocitos T CD8 que maten directamente al tumor, sino de células B productoras de anticuerpos. Los investigadores observaron que anti-CTLA-4 reducía la carga tumoral y prolongaba la supervivencia en ratones normales, pero no en ratones sin células B maduras ni en ratones en los que estas células habían sido eliminadas con anticuerpos anti-CD20.

El mecanismo propuesto ocurre fuera del tumor, en los ganglios linfáticos cervicales profundos que drenan antígenos procedentes del cerebro. Allí, el tratamiento con anti-CTLA-4 favorece la aparición de linfocitos T foliculares colaboradores, que ayudan a las células B a formar centros germinales, expandirse clonalmente, cambiar de isotipo y producir anticuerpos IgG reactivos frente al glioma. Estas IgG llegan después al microambiente tumoral, se unen a las células de glioma y las marcan para que células mieloides infiltrantes, como macrófagos, las fagociten.

La conclusión es importante: en glioblastoma, mejorar la inmunoterapia quizá no dependa solo de reactivar linfocitos T citotóxicos, sino también de potenciar la cooperación entre células T CD4, células B, anticuerpos y fagocitos. Incluso podría imaginarse, con mucha prudencia, combinar anti-CTLA-4 con estrategias que aumenten los anticuerpos antiglioblastoma o mejoren el drenaje de antígenos tumorales hacia los ganglios. Pero aún falta identificar los antígenos relevantes y comprobar si este mecanismo funciona igual en pacientes humanos.


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