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En Cierta Ciencia, de la mano de la genetista Josefina Cano nos acercamos, cada quince días, al trabajo de muchos investigadores que están poniendo todo su empeño en desenredar la madeja de esa complejidad que nos ha convertido en los únicos animales que pueden y deben manejar a la naturaleza para beneficio mutuo. Hablamos de historias de la biología.

La vida inmortal y pública de Henrietta Lacks

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En estos días se está discutiendo mucho sobre si las células extraídas de una persona se pueden o no utilizar, sin previo consentimiento, en estudios de laboratorio diseñados para investigar sobre diversos desarrollos biológicos, tanto de la normalidad como de la enfermedad.

La polémica ha existido siempre aunque en este abril se ha agudizado por la publicación del genoma de una línea celular muy conocida en los laboratorios, las células HeLa. Quienes atacan la publicación del perfil genético de la línea celular, se basan en el hecho de que los familiares de la dueña de las células originales, no fueron informados y que por lo tanto se está violando su privacidad. Quienes publican el artículo, el Laboratorio Europeo de Biología Molecular (EMBL http://www.embl.de/) aseguran que la línea celular ya ha cambiado tanto que sería casi imposible poder inferir cualquier información genética sobre la familia y por lo tanto no están violando ninguna privacidad. Aunque, presionados por la comunidad científica pedirán consentimiento a los familiares, el mal ya está hecho.

Los antecedentes

George Gey, médico del hospital Johns Hopkins, a inicios de 1920 había decidido dedicar su vida y todo su empeño en curar el cáncer, y para ello, ayudado de su colega y esposa inició lo que para él era la base fundamental en el entendimiento de la enfermedad y su desarrollo: cultivar células tumorales para observar su comportamiento en el laboratorio.

Tarea nada fácil. Contrario a lo que se piensa, una vez las células cancerosas que han estado creciendo de forma brutalmente rápida en el cuerpo se extraen de su hábitat, se atontan y se mueren. Se necesita muchísima paciencia y habilidad –hay quien dice que cultivar células tumorales es más un arte que una ciencia– para poder iniciar un cultivo y mejor aún, mantenerlo. Si se logra, se tendrá lo que se conoce como una línea celular, que es inmortal, pues se multiplica en el laboratorio sin perecer jamás.

A Gey le tomó más de tres décadas establecer la primera línea celular pero lo hizo con su talento y preparación y, un buen golpe de suerte.

Henrietta Lacks y sus tan especiales células

Henrietta era una bella y divertida mujer negra, nieta de un blanco que tuvo sus hijos con una esclava en sus plantaciones de tabaco. Se casó con un primo y tuvo cinco hijos. A los 31 años, en 1951, y 6 meses después de dar a
luz al último sintió que algo andaba mal en su cuerpo y fue al hospital Johns Hopkins (el John como le dirán después sus numerosos parientes). Le fue diagnosticado un carcinoma cervical. Luego se supo que muy probablemente el cáncer fuera el resultado de un virus de transmisión sexual, el virus del papiloma humano.

Los médicos se sorprendieron mucho por la rapidez con la que el tumor crecía. Fue tomada una biopsia para asegurar el diagnóstico de que era maligno. En la sala de cirugía estaba Gey, y sin preguntarle a nadie tomó su propia muestra, se la llevó a sus cuarteles y muy pronto vio con asombro que las células crecían y crecían. Igual lo seguían haciendo en el cuerpo de Henrietta, quien a pesar de haber recibido todos los tratamientos disponibles murió en pocos meses.

Gey le dio nombre a esas células que se multiplicaban a una velocidad asombrosa –se duplican en un día– y que le permitieron observaciones muy importantes que registró con una cámara adosada a un microscopio. Las llamó HeLa.

Gey quiso compartir con quien lo pidiera ese tesoro que tenía en su laboratorio. Él mismo viajaba con las células cuidadosamente guardadas en el bolsillo de su camisa para entregarlas a quien lo solicitara y para enseñar la manera de mantenerlas en cultivo. Así, las células de Henrietta se distribuyeron por el mundo entero, y hasta estuvieron en órbita alrededor de la tierra. Gey nunca mostró el menor interés en obtener algún lucro de las células HeLa. Al contrario, parecía tan obnubilado con que sus estudios le revelaría la tan buscada cura del cáncer, que ni siquiera se ocupaba en publicar los resultados, cosa que tenían que hacer sus estudiantes. Si alguien inició el comercio de las células HeLa, ése no fue Gey.

Pero claro, ya tan pronto como en 1952 las células se empezaron a vender, algo inevitable en un sistema de mercado. Hasta el momento más de 60.000 artículos científicos se han publicado sobre ellas. Entre los miles de estudios y sus resultados están la vacuna contra el polio y la vacuna contra el carcinoma cervical. (De la vacuna del polio los beneficios son obvios pero los de la vacuna del carcinoma cervical, por ser más reciente y llevar adosada la prohibición de las iglesias, tendrá que esperar un tiempo para que su libre aplicación a millones de jovencitas expuestas al virus del papiloma, permita salvar a otras tantas Henriettas).

La polémica

La inmensa familia de Henrietta Lacks solo fue informada de que las HeLa eran células del cuerpo de su madre, tía, o abuela, más de veinte años después y de refilón.

Casi medio siglo después, la periodista Rebecca Skloot escribió un precioso libro luego de más de 10 años de trabajo al lado de la familia: The Inmortal Life of Henrietta Lacks (Crown Publishing Group, 2010). La periodista entrevistó a todos los miembros de la familia y se enteró del malestar que les producía saber que ni siquiera podían tener acceso a un buen servicio de salud después de todos los beneficios que las células de Henrietta le habían proporcionado a la medicina. Ninguno ha hablado de demandas o litigios. Se sienten orgullosos.

Y ahora, de nuevo sin informar a la familia, se publica el genoma completo de las células HeLa.

¿Es posible, arrancando de una línea celular con más de 60 años en miles de laboratorios y sufriendo alteraciones genéticas que la hacen muy diferente a las células originales, conocer el perfil genético de los Lacks?

Sí, dice un hacker devenido en investigador del MIT. Y ya lo hizo. Con el avance de la biotecnología y la bioinformática se hace en un abrir y cerrar de ojos. Luego sí se está violando la privacidad de la familia Lacks. Encima de que nunca han sido recompensados –sólo la periodista Skloot ha donado gran parte de las regalías de su más que bien vendido libro a una fundación con el nombre de Henrietta y que velará por la educación de sus descendientes– no se tiene el decoro de pedir permisos.

Por el momento no existe algún comité de ética (hasta mejor, pues por lo general poco sirven) que esté al día con los desarrollos de la biotecnología. Tal vez lo mejor sea que se legisle con seriedad sobre el asunto, y que sean los científicos y los pacientes quienes decreten las reglas del juego.

Porque, se ha puesto a pensar ¿qué sucede con las muestras de sangre, con los pedacitos de piel y otros tejidos que le quitan con cierta frecuencia? ¿a dónde van a parar? ¿sabe usted el destino?

Ojala sirvan para un buen fin, un buen servicio a la ciencia, y no vayan a parar en un basurero quirúrgico. Ah, y que le informen debidamente si van a usarse.


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