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En Cierta Ciencia, de la mano de la genetista Josefina Cano nos acercamos, cada quince días, al trabajo de muchos investigadores que están poniendo todo su empeño en desenredar la madeja de esa complejidad que nos ha convertido en los únicos animales que pueden y deben manejar a la naturaleza para beneficio mutuo. Hablamos de historias de la biología.

Aprendizaje, una mezcla de olvido y recuerdo.

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La inmensa mayoría de las personas no se acuerda de nada que hubiera ocurrido antes de los tres años, y aunque es algo que se da en diferentes especies, el por qué ocurre, sigue siendo un misterio.

Freud, siendo Freud, lo nombró como “amnesia infantil” y le echó la culpa al sexo: esos momentos tempranos son reprimidos de manera activa por su alto contenido psicosexual. Esa idea ahora es “reprimida de forma activa” por la ciencia moderna, que a cambio apunta a que sea uno de esos raros caprichos de la naturaleza en el desarrollo del cerebro y que el olvido en los bebés sea parte de ese proceso.

Algunos investigadores piensan que es posible que el cerebro joven aún no haya desarrollado la habilidad para almacenar mucha información en la memoria. Otros piensan que la tan rápida reorganización del cerebro que está ocurriendo en los primeros años de vida, permite que se escriba sobre lo que ya había sido escrito y que se haga a una buena velocidad.

Estas teorías contemporáneas se fundamentan en una misma suposición: que nuestros recuerdos de bebés son borrados. Pero, ¿y qué tal si Freud hubiera acertado en el mecanismo, no en las razones, y esos recuerdos se repriman por un tiempo, esperando el momento adecuado para volver a surgir? ¿Si las cosas que no se recuerdan de la infancia contribuyan a moldear al adulto que somos?

De acuerdo a un estudio publicado en una prestigiosa revista, la respuesta es sí.

Trabajando con ratones bebés, investigadores de la Universidad de Nueva York, demostraron que lo aprendido durante ese período se almacena en un modo de hibernación, o mejor, se mantiene en un estado latente. Meses después, cuando los investigadores les suministraron a los animales adultos una combinación de claves para recordar esas experiencias infantiles, la “memoria perdida” emergió en la conciencia como un recuerdo fuerte, durable.

“La amnesia infantil no es amnesia”, declara un enfático Alessio Travaglia, uno de los autores del estudio.

Si los resultados se pueden extender a los humanos, podrían explicar el por qué experiencias tempranas, aún aquellas que no podemos recordar, tienen mucho peso a la hora de moldear nuestras personalidades adultas. Incluso podrían ayudar a entender la pregunta tan complicada del por qué, traumas tempranos como la negligencia o el abuso colocan a un niño en grave riesgo de sufrir desórdenes mentales o incapacidades cognitivas.

“Existen implicaciones serias para el desarrollo infantil, aunque ojala en un futuro lejano, esos recuerdos tempranos puedan ser reactivados y analizados con propósitos terapéuticos”, dice Travaglia.

Los investigadores iniciaron sus experimentos usando dos grupos de ratones: un grupo con 17 días de nacidos y el otro con 24. Escogieron las edades con mucho cuidado. Los animales a los 17 días corresponden a la edad de un niño de 4 años en edad pre-escolar, quienes son los que en general están en el límite del olvido. Los de 24 días representan a niños entre 7 y 8 años, quienes en general tienen la habilidad de formar recuerdos estables que perduran hasta la vida adulta.

El equipo puso a los animales dentro de una caja con dos lados diferentes. Uno de ellos era luminoso y el otro oscuro. Como animales nocturnos que son, los ratones preferían estar en el lado oscuro. Cuando estaban acomodados en su zona, los investigadores les dieron un shock eléctrico suave.

Traumático y feo como suena, este tipo de aprendizaje llamado inhibición por eliminación, forma recuerdos de una duración extremada que puede durar toda la vida de un ratón.

Aunque ambos grupos de animales aprendieron a temerle a la oscuridad, cuando los investigadores los pusieron a prueba 30 minutos más tarde, sólo el grupo de los mayores retuvo el recuerdo. A los pequeños les tomó tan sólo media hora para olvidar el trauma inicial.

Lo siguiente fue ensayar diferentes estímulos para saber cuál de ellos podría hacer que la memoria perdida volviera. Cuando los animales alcanzaron la madurez, fueron necesarios, otro estímulo eléctrico y ver de nuevo la caja, los dos al tiempo, para revivir el miedo a la oscuridad.

Veamos un ejemplo en humanos. Un niño sufre una experiencia traumática mientras se come un chocolate caminando al lado de un río. Después en la vida adulta, podrá pasear con tranquilidad cerca de un río hasta que, por una casualidad, alguien le ofrece un chocolate. Una mala sensación, no explicable, lo envuelve. Está volviendo a sufrir el mal recuerdo.

Esto no es decir que nuestros recuerdos suprimidos en la primera infancia sean bombas de tiempo listas a explotar. Se necesitan muchos estímulos fuertes para revivir recuerdos enterrados, explica Travaglia. De otra manera, viviríamos en estados de ansiedad continuos.

Todo este proceso de olvido y recuerdo lleva a entender cómo se aprende. Así, la experiencia de aprendizaje es como si existiera un botón de orden que encamina a los cerebros de animales jóvenes a madurar. El hipocampo, esa región del cerebro crucial para el aprendizaje y la memoria, inicia una cascada de eventos moleculares que de forma muy rápida cambia el procesamiento de la información para acercarlo a lo que sucede en un cerebro maduro cuando está aprendiendo.

“Mostramos que el hipocampo está madurando a través de la experiencia y que su desarrollo no es sólo cuestión de tiempo, sino de las experiencias que están ocurriendo en ese tiempo”, dice Travaglia.

Aunque el cerebro es maleable a lo largo de la vida, los pocos primeros años, formativos, preparan el escenario para que las habilidades cognitivas puedan exhibirse y actuar en esa larga vida que vendrá.

Durante esos momentos críticos del desarrollo, el cerebro es especialmente sensible a la estimulación de fuera –luz, sonido, tacto, olor, experiencias individuales y las interacciones sociales– para ayudar a cablear una redes neuronales maduras y sanas.

Dado que nuestro sistema de aprendizaje tiene una ventana grande de oportunidades para aprender, una falta de experiencia durante ese tiempo puede ser muy perjudicial para la maduración cerebral. Puede maniatar al hipocampo de una manera que no podrá devolverse en la vida adulta, a no ser con intervenciones importantes.

“Lo que nuestros hallazgos nos están contando es que los cerebros de los niños necesitan una cantidad enorme y saludable de estímulos antes de que vayan al pre-escolar”, afirma la autora líder del estudio, Cristina Alberini. “Sin eso, el sistema neurológico corre el riesgo de no desarrollar de manera adecuada las funciones de aprendizaje y memoria”.

¿Y qué pasa con los niños que ya sufren incapacidades ocasionadas por negligencias en sus primeros años?

Este estudio sugiere de forma contundente que la prevención es la clave. Sin embargo, “al entender cómo funciona la temporal amnesia infantil, podremos usar intervenciones en el aprendizaje (venidas del medio ambiente y de ser necesario apoyados en la farmacología), para eliminar las incapacidades de aprendizaje”, finaliza Travaglia.

(Josefina Cano, 03/2017)

Referencia:
Infantile amnesia reflects a developmental critical period for hippocampal learning
Nature Neuroscience (2016) doi:10.1038/nn.4348

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