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En Cierta Ciencia, de la mano de la genetista Josefina Cano nos acercamos, cada quince días, al trabajo de muchos investigadores que están poniendo todo su empeño en desenredar la madeja de esa complejidad que nos ha convertido en los únicos animales que pueden y deben manejar a la naturaleza para beneficio mutuo. Hablamos de historias de la biología.

¿Podría la inmunidad innata protegernos del coronavirus?

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Mientras el mundo espera la vacuna del coronavirus, decenas de miles de personas pueden morir. Pero algunos científicos piensan que una suerte de vacuna podría existir ya.

Una investigación sorprendente venida de la inmunología sugiere que ciertas vacunas vivas que se conocen desde hace décadas podrían, posiblemente, protegernos del coronavirus. La teoría se basa en que esas vacunas harían que las personas tengan menos síntomas, o ninguno, cuando se infecten.

En más de 25 universidades y centros clínicos en el mundo, los investigadores han comenzado a realizar pruebas clínicas, primero en trabajadores de la salud, para probar si una vacuna viva de la tuberculosis que ha estado en uso durante 99 años llamada vacuna del bacilo de Calmette-Guerin o BCG, podría reducir los riesgos asociados al coronavirus.

Otro grupo de científicos está recogiendo dinero para probar el potencial protector de otra vacuna viva contra el polio, VOP, que ya tiene 60 años.

La idea es controvertida. Que vacunas viejas creadas para pelear contra diferentes patógenos puedan servir contra el coronavirus desafía en parte el dogma de cómo funcionan las vacunas.

Pero el entendimiento de la conocida como inmunidad innata ha variado en los últimos años. Un grupo creciente de investigadores sugiere que las vacunas vivas, que se hacen con patógenos vivos, atenuados (a diferencia de las vacunas inactivadas que usan patógenos muertos) proveen una protección amplia de las infecciones en formas que nadie antes había previsto.

“No podemos estar seguros de cuál será el resultado, pero intuimos que habrá un efecto en el coronavirus. La pregunta es, qué tan grande será”, dice Jeffrey Cirillo, inmunólogo y microbiólogo de la Universidad de Texas, quien lidera uno de los proyectos.

No esperan que sea una panacea, pero sí que alivie algunos síntomas, y la protección, si ocurre, no irá más allá de unos pocos años. “Lo llamamos un primer paso, un puente que dará tiempo al desarrollo de una vacuna específica”, dice Mihai Netea, inmunólogo de la Universidad Radboud en Holanda, director de otro de los equipos.

La primera evidencia en sugerir que las vacunas vivas podrían conferir una protección más amplia se presentó hace más de un siglo, pero nadie sabía cómo funcionaba. En 1927, tan pronto la BCG salió, Carl Naslund de la Sociedad Sueca de la Tuberculosis observó que los niños vacunados con la vacuna viva tenían una probabilidad tres veces menor de morir de cualquier causa que los niños que no la habían recibido. En 1932 escribió que “se podría atribuir esa baja mortalidad a que la vacuna provoca una inmunidad no específica”.

Entonces, en pruebas clínicas realizadas entre 1940 y 1950 en Estados Unidos y en Inglaterra, los investigadores encontraron que la BCG redujo las muertes diferentes a la tuberculosis en un 25 por ciento.

También en los cincuenta, investigadores rusos ligados a la Academia de Ciencias de Moscú, encontraron que quienes habían recibido la vacuna viva del polio sufrían menos de infecciones respiratorias o de la influenza estacional. Realizaron un ensayo clínico en 320.000 personas y encontraron que “la incidencia de la influenza estacional se redujo en un 75 por ciento”, según lo cuenta Konstantin Chumakov, hijo de una de las investigadoras y ahora director asociado a una de las entidades de investigación en vacunas más importantes de Estados Unidos.

Estudios recientes han producido hallazgos similares. En 2016, en una revisión de 68 artículos encargada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), un grupo de investigadores concluyó que la BCG, junto con otras vacunas vivas “reduce la mortalidad más allá de lo que podría deberse a su efecto protector de la enfermedad”.

La OMS se había mantenido escéptica sobre esos “efectos no específicos”, en parte porque mucha de la investigación sobre ellos han sido estudios observacionales, que no establecen relaciones causa efecto. Pero un estudio reciente que incorpora nuevos resultados venidos de ensayos clínicos, ha hecho que la organización describa los efectos no específicos de las vacunas como “plausibles y comunes”.

Stanley Plotkin, especialista en vacunas y quien desarrolló la de la rubeola, declara: “Las vacunas pueden afectar el sistema inmune más allá de la respuesta específica al patógeno”.

La posibilidad de que las vacunas puedan tener efectos no específicos no se ha entendido en parte porque los científicos han pensado siempre que ellas trabajan estimulando el sistema inmune adaptativo del cuerpo. Después de recibir una vacuna contra, digamos el polio, el cuerpo crea un batallón de anticuerpos específicos contra el virus, que lo neutraliza antes de que actúe. No lo hará si el invasor es otro virus.

Pero durante la década pasada los inmunólogos han descubierto que las vacunas vivas también estimulan al sistema inmune innato, que es menos específico, pero más rápido en responder. Han encontrado que el sistema inmune innato puede ser entrenado por las vacunas vivas para que pelee mejor con varias clases de patógenos.

Es posible que las vacunas vivas entrenen al sistema inmune provocando cambios en algunas células madre. Inician la creación de pequeñas marcas en el ADN que ayudan a que las células enciendan genes involucrados en una protección inmunitaria amplia.

“Esta área de la inmunidad innata es una de las más prometedoras de la inmunología hoy en día”, dice Robert Gallo, director del Instituto de Virología Humana en la Escuela de Medicina de la Universidad de Maryland y cofundador de Global Virus Network, una coalición de virólogos de más de 30 países. Gallo como es sabido, ayudó a identificar el VIH, causante del sida.

Gallo está a cargo de probar la vacuna viva del polio VPO, como un tratamiento para el coronavirus. Espera, junto a sus colaboradores, iniciar un ensayo clínico en trabajadores de la salud en Nueva York y Maryland en seis semanas. Califica a la vacuna como muy, muy segura y además barata, 12 centavos de dólar. Y como es oral no requiere agujas.

Un posible riesgo estaría en que estas vacunas podrían incrementar reacciones inflamatorias severas que ya se han observado en algunas personas infectadas con el coronavirus. Los investigadores consideran muy seriamente el riesgo, pero el hecho de que solo van a dar la vacuna viva a personas sanas, nunca a las ya infectadas, anula ese eventual peligro.

La ciencia de las vacunas vivas está en sus inicios, aunque ya salen a diario resultados de muchos estudios en el mundo. La observación de que en los países donde se vacuna de rutina a los niños con la BCG tienen índices menores de muerte por coronavirus es alentadora, aunque como el tan solol indicador que es, se sitúa en la parte baja de la jerarquía de la evidencia.

“Al final, solo los ensayos clínicos tendrán la respuesta”, dice Netea. Por fortuna, la respuesta vendrá pronto. Los primeros resultados estarán listos en pocos meses. Si los investigadores están en lo cierto, estas viejas vacunas nos abren un compás de espera, salvando miles de vidas, mientras se trabaja en el desarrollo de una nueva.

Referencia:

Aspectos destacados del esfuerzo de respuesta al SARS-COV-2

Obras de Josefina Cano:

Viaje al centro del cerebro. Historias para jóvenes de todas las edades (Amazon)

En Colombia en la Librería Panamericana y en Bogotá en la Librería Nacional

Viaje al centro del cerebro. Historias para jóvenes de todas las edades. (Planeta)


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