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En Cierta Ciencia, de la mano de la genetista Josefina Cano nos acercamos, cada quince días, al trabajo de muchos investigadores que están poniendo todo su empeño en desenredar la madeja de esa complejidad que nos ha convertido en los únicos animales que pueden y deben manejar a la naturaleza para beneficio mutuo. Hablamos de historias de la biología.

La pubertad borra los traumas de la infancia

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A diferencia de los continuos desafíos en forma de angustias, agresiones y miedos que ocurren en la niñez y que no alteran comportamientos cognitivos y emocionales futuros, las grandes adversidades sí lo pueden hacer. “Se pueden alterar vías cognitivas que tendrán otras respuestas ya que pudo haberse ocasionado un gran daño”, dice Megan Gunnar, psicobióloga del desarrollo en la Universidad de Minnesota y quien ha pasado veinte años estudiando el impacto de eventos adversos en la vida temprana de niños adoptados.

Una niñez caracterizada por negligencia, abandono o abusos puede alterar el sistema neuroendocrino, que regula cómo el cuerpo responde al estrés.

Pero estudios recientes ofrecen claves de que esas desgracias infantiles no siempre permanecen y que pueden ser “borradas”. Gunnar y otros colegas han mostrado que una respuesta al estrés alterada puede normalizarse durante la pubertad. La investigación brinda una visión nueva de que esta etapa pueda ser una oportunidad, la posibilidad de que quienes han tenido un inicio terrible en su vida puedan resetear su respuesta fisiológica al estrés.

Un sentido de seguridad

Cuando el cerebro percibe una amenaza —aún una temporal como un examen complicado o una prueba deportiva exigente—, los niveles de la adrenalina se disparan. Las pulsaciones aumentan, la respiración se acelera, las manos sudan. Se agudizan los sentidos. El cerebro envía mensajeros químicos que estimulan las glándulas adrenales para que liberen cortisol.

El cortisol envía azúcares a la sangre para aumentar rápido la energía. La hormona también disminuye la digestión, la respuesta inmune y otros procesos que se consideran innecesarios para sortear la situación.

Cuando la amenaza pasa, al menos en una persona cuya respuesta al estrés funciona, los niveles de adrenalina y cortisol bajan, el corazón vuelve a latir con normalidad y los otros sistemas retornan a sus tareas cotidianas normales.

Tomando prestado el sistema que Gunnar había estudiado y que le había permitido mapear el lugar donde funcionan los actores de la respuesta al estrés en roedores y monos, se pudo medir en saliva el cortisol y con eso rastrear el comportamiento de los químicos involucrados en humanos.

De sus experimentos con bebés recién nacidos, Gunnar mostró que el tener una relación segura con los padres es importante para el desarrollo de un sistema neuroendocrino sano y les ayuda a los bebés a lidiar con el estrés de las vacunas, por ejemplo. “El bebé recibe un pinchazo en una pierna, luego en la otra y llora a los gritos pero su sistema de estrés no se dispara. Sin embargo, pinchazos o no, si los bebés son separados de sus padres sus marcadores de estrés se disparan como cohetes”, dice Gunnar.

Gunnar se preguntó qué sucedía si el sentido de seguridad se perturbaba a largo plazo. Estudió niños muy pobres y maltratados, aunque separar los efectos tempranos de una niñez difícil de los ocurridos más tarde no era tarea fácil.

Un viaje a mediados de los noventa puso a Gunnar en un nuevo camino para poder resolver ese dilema. Fue con un equipo de investigadores a un orfanato en Rumania, donde los pequeños crecían en condiciones inhumanas.

De vuelta en su laboratorio llevaba un set de tubos con la saliva de huérfanos entre los dos y los tres años. Para su sorpresa, los niveles de cortisol fueron más bajos de los de los niños de esas edades. Ese hallazgo abrió una ventana en el estudio de los efectos de las separaciones largas en la respuesta al estrés.

Para establecer los efectos nocivos de una niñez temprana difícil, Gunnar necesitó niños que habiendo iniciado una vida de deprivación luego pasaron a un ambiente saludable después de la infancia: huérfanos adoptados.

Aunando esfuerzos y financiación pudo construir un registro de niños adoptados y sus familias.

Muchos padres habían notado que en la infancia esos niños tenían problemas de comportamiento. Y cuando los más pequeños fueron sometidos a las pruebas pertinentes, mostraron problemas de atención y de auto control.

Al igual que los huérfanos de Rumania, ellos tenían niveles de cortisol más bajos que los no adoptados que no tenían problemas de comportamiento. Frente al hecho de un sufrimiento prolongado y su potencial de tener niveles peligrosos de un cortisol elevado, una respuesta débil al estrés, esto es, producir menos cortisol, podría ser una forma “natural de proteger el cuerpo y el cerebro”, especula Gunnar.

Tiempo de cambio

El estudio a largo plazo de los adoptados, le mostró que los niños en pre escolar con bajos niveles de cortisol con frecuencia entran al jardín de infantes con problemas de atención. Esa respuesta borrosa al estrés se mantuvo en ellos hasta la escuela primaria, aún habiendo pasado un promedio de siete a ocho años en un hogar con un entorno saludable y cuidadoso.

Ese hallazgo fue descorazonador, dice Russell Romeo, psicobiólogo del Barnard College en Nueva York. “Siempre habíamos pensado que de pronto si estos individuos salían de las condiciones adversas, podrían empezar a recalibrar su reactividad al estrés”.

Pero eso fue lo que le dio a Gunnar razones para pensar que lo que se necesitaba era seguir mirando más adelante en el camino de esos niños.

Los estudios realizados por Romeo en ratones de distintas edades y sometidos a diversos niveles de estrés, le sugirieron que la respuesta neurocrina al estrés toma forma durante la pubertad, para surgir diferente en la vida adulta.

Ese hallazgo le devolvió el corazón a Gunnar: “tal vez debería estudiar la pubertad”, pensó. Tal vez sea ese el momento para recalibrar.

Así, su equipo invitó a 280 niños entre los 7 y los 14 años, adoptados, procurando una igualdad de condiciones socioeconómicas. Antes y después de las pruebas se midieron en saliva los niveles de cortisol. Los resultados fueron claros: los niños pequeños adoptados tenían niveles bajos de cortisol, pero una vez alcanzada la pubertad, sus niveles fueron similares a los no adoptados.

Antes de la pubertad, los niños adoptados que sufrieron traumas en su edad temprana, tienen su curva de estrés cercana a la de los niños que viven con sus padres biológicos. Ya cuando termina la pubertad, los niños adoptados tuvieron una curva de estrés normal, antes, durante y después de una tarea estresante.

El estudio fue publicado en la revista PNAS. En él se muestra que el cuerpo puede recalibrar su respuesta al estrés. Algo pasa en la pubertad, no antes, que le permite al cerebro volver a la normalidad que le había sido cortada por traumas tempranos.

Más que esperanzador poder recuperar a tantísimos niños que han sufrido, sufren y sufrirán separaciones y maltratos. Nunca es tarde. La intervención de la biología durante la pubertad (recordemos los grandes cambios en el cableado que se dan en la adolescencia) y un entorno saludable alrededor, podrán apartar a esos niños de un futuro incierto y brindarles uno prometedor.

Referencias:

Esther Landhuis. Puberty can repair the brain’s stress responses after hardship early in life. Adolescence could be a time to reset the system that helps people cope with stress. Science News, 2020

M. Gunnar et al. Pubertal stress recalibration reverses the effects of early life stress in postinstitutionalized children. PNAS, 2019

Obras de Josefina Cano:

Viaje al centro del cerebro. Historias para jóvenes de todas las edades (Amazon)

En Colombia en la Librería Panamericana y en Bogotá en la Librería Nacional

Viaje al centro del cerebro. Historias para jóvenes de todas las edades. (Planeta)


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