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La mayor parte de los seres vivos que han poblado la Tierra han desaparecido para siempre. Quincenalmente, Germán Fernández Sánchez les ofrece en Zoo de Fósiles la posibilidad de conocer la vida de algunas de las más extraordinarias criaturas que vivieron en el pasado y que han llegado hasta nosotros a través de sus fósiles.

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El corifodonte, un gran herbívoro en el Ártico

coryphodon

El corifodonte (Coryphodon) es el primer gran vertebrado herbívoro del que tenemos noticia. Vivió en Norteamérica a finales del Paleoceno y principios del Eoceno, hace entre 59 y 51 millones de años, y en ese tiempo se extendió por Europa y Asia oriental, unidas por entonces a América a través del Ártico. A principios del Eoceno, el clima mucho más cálido y húmedo que hoy, y el Ártico no constituía un obstáculo para la migración de las especies animales: los bosques templados y subtropicales se extendían hasta los mismos polos.

El corifodonte era un mamífero ungulado con aspecto de hipopótamo o de tapir, perteneciente al desaparecido grupo de los pantodontes, emparentado con los modernos carnívoros y pangolines. Superaba los dos metros de longitud, pesaba 500 kilos y tenía una altura en la cruz de un metro. Probablemente, su modo de vida era semiacuático, similar al de los hipopótamos. Sus patas, cortas y fuertes para soportar su peso, hacían de él un animal de movimientos lentos. Cada una terminaba en cinco gruesos dedos con pezuñas. La cola, al contrario que en otros pantodontes, era corta. Aunque la cabeza era relativamente grande, tenía el cerebro más pequeño de todos los mamíferos en proporción con su masa corporal: sólo pesaba 90 gramos. Estaba dotado de dos largos colmillos en la mandíbula superior, parecidos a los del hipopótamo, que quizá utilizaba para luchar con otros miembros de su especie, para arrancar las plantas de las que se alimentaba, o para defenderse. Aunque con su tamaño, poco tenía que temer de los depredadores de la época.

Conocemos los restos fósiles del corifodonte desde el siglo XIX; su descripción científica fue realizada por el paleontólogo inglés Sir Richard Owen en 1845. Sin embargo, se siguen realizando descubrimientos a propósito de este animal. Recientemente, un grupo de investigadores de la Universidad de Boulder, en Colorado (EE.UU.) ha analizado la composición de los dientes de corifodonte encontrados en la isla de Ellesmere, en el Ártico canadiense. A principios del Eoceno, cuando el corifodonte vivía allí, la región estaba cubierta de bosques. Pero igual que ocurre en la actualidad, una larga noche invernal caía sobre aquellas regiones polares durante casi medio año; la temperatura media, que en verano superaba los 20 grados centígrados, descendía en invierno hasta cerca del punto de congelación. Durante esos meses de oscuridad, las plantas no podían realizar la fotosíntesis, y sus hojas se secaban y morían. Hasta ahora, no se sabía cómo pasaban el invierno los habitantes de aquellos bosques árticos. Posiblemente, algunos hibernaban y otros emigraban al sur del Círculo Polar, donde las condiciones eran más benignas. Pero los investigadores han descubierto que el corifodonte permanecía activo durante la larga noche invernal.

El crecimiento de los dientes deja en el esmalte un rastro semejante a los anillos de los árboles. Así, analizando la proporción de distintos isótopos del oxígeno presentes en el esmalte, relacionada con la temperatura y con la circulación del vapor de agua en la atmósfera, los científicos han determinado que el corifodonte no emigraba, sino que pasaba los inviernos en la zona. Además, un análisis similar de los isótopos del carbono ha permitido determinar su dieta: durante el verano, el corifodonte se alimentaba de hojas verdes y plantas acuáticas, mientras que en invierno tenía que contentarse con setas, hojas muertas y pequeños tallos y ramas.


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