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Zoo de fósiles

La mayor parte de los seres vivos que han poblado la Tierra han desaparecido para siempre. Quincenalmente, Germán Fernández Sánchez les ofrece en Zoo de Fósiles la posibilidad de conocer la vida de algunas de las más extraordinarias criaturas que vivieron en el pasado y que han llegado hasta nosotros a través de sus fósiles.

Diprotodon, el mayor marsupial de todos los tiempos

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Hace casi doscientos años, en los años treinta del siglo XIX, sir Thomas Mitchell, director del Catastro de Nueva Gales del Sur, envió al célebre anatomista inglés Richard Owen unos huesos encontrados en una cueva cerca de Wellington, al noroeste de Sídney. Owen publicó la descripción del nuevo animal, al que llamó Diprotodon, en 1838. Se trataba de un marsupial cuadrúpedo enorme, parecido a un oso panda o a un rinoceronte sin cuernos, con unos característicos incisivos inferiores de hasta treinta centímetros de longitud, semejantes a los de los roedores, que son los que le dan su nombre: diprotodon significa en griego antiguo “dos primeros dientes”.

La década siguiente, el explorador alemán Ludwig Leichhardt encontró gran cantidad de huesos de Diprotodon en arroyos de la región de Darling Downs, en Queensland. También envió los huesos a Owen, a quien comentó que estaban tan bien conservados que esperaba encontrar diprotodontes vivos en las regiones centrales de Australia, por entonces inexploradas. Desgraciadamente no tuvo éxito. Ni con Diprotodon ni con nada; en 1848, en su segundo intento de cruzar el continente australiano de este a oeste, toda su expedición desapareció misteriosamente, sin dejar rastro. Aún hoy no sabemos con seguridad lo que les pasó.

Diprotodon es el marsupial más grande que conocemos. Los mayores ejemplares alcanzaban el tamaño de un gran hipopótamo macho: tres metros de longitud, dos metros de altura en la cruz y casi tres toneladas de peso. Desde su descubrimiento, se han descrito hasta ocho especies de Diprotodon, pero hoy en día se acepta que solo existe una especie, con un marcado dimorfismo sexual: el tamaño de las hembras es la mitad del de los machos.

La estructura ósea alrededor de los orificios nasales indica que Diprotodon tiene un hocico muy especializado; algunos paleontólogos sugieren que tiene una pequeña trompa, como el tapir, mientras que para otros su rinario, la zona sin pelo que rodea las fosas nasales, es enorme y parecido al de su pariente el koala. Los dos incisivos superiores tienen forma de espátula, mientras que los dos inferiores, proyectados hacia delante, son largos y tienen forma de cincel, adecuados para una dieta de plantas duras y espinosas. Las patas son cortas y gruesas, como columnas. Los pies y las manos, que, como en el caso de los osos, se apoyan en el suelo al caminar, son pequeños, con poca movilidad en las articulaciones; como en sus parientes los wombats, están girados hacia dentro. Tiene fuertes garras en las patas delanteras, con cuatro dedos, igual que en las traseras. Curiosamente, el dedo más largo es el externo. Las marcas de pelo en sus huellas fósiles indican que está cubierto por un pelaje parecido al del wombat. El marsupio, la bolsa en la que crían a sus pequeños, se abre hacia atrás, también como en los wombats.

Diprotodon es un herbívoro ramoneador, que se alimenta de hojas, brotes, hierbas y raíces en los bosques abiertos, matorrales y estepas donde vive, siempre cerca del agua. Los machos combaten por las hembras y viven solos; las hembras forman grupos para la cría de los jóvenes.

Los incisivos de Diprotodon, como los de los roedores, crecen durante toda la vida. Gracias al estudio de los isótopos contenidos en las capas de crecimiento de uno de estos dientes se ha podido saber que los diprotodontes emprendían migraciones estacionales anuales, como las cebras en África, en busca de alimento. Los isótopos de estroncio, relacionados con la geología local, varían dos veces al año, mientras que los de carbono, relacionados con la dieta, se mantienen mucho más estables, lo que sugiere que el tipo de alimento que consumía Diprotodon no variaba a lo largo del año. Los diprotodontes son los únicos marsupiales de los que conocemos tales migraciones. En su camino, de unos doscientos kilómetros, se encontraban con llanuras inundadas, en las que a veces grupos enteros quedaban atrapados. Cuando un lago salado estacional se seca, una costra de sal puede ocultar el fango, que se convierte en una trampa para los grandes animales que tratan de cruzarlo. En el lago Callabonna, un lago seco de Australia Meridional, se han encontrado cientos de ejemplares que murieron así; los cuerpos quedaron sumergidos, atrapados en el fango y están bien conservados, pero las cabezas, expuestas a los depredadores y a las inclemencias del tiempo, están rotas y deformadas.

Los huesos fósiles de Diprotodon, así como pelos y huellas, se han encontrado por toda Australia; la mayor parte de los hallazgos corresponden a grupos que murieron a causa de la sequía. De hecho, la aridificación que viene sufriendo Australia en los últimos millones de años fue una de las posibles causas de su extinción.

Diprotodon, que había aparecido hace 1,6 millones de años, se extinguió hace unos cuarenta mil años, al poco de la llegada de los seres humanos a Australia. Posiblemente aparece representado en las pinturas rupestres de la región de Quinkan, en la península del cabo York, en el nordeste del país. Es probable que el ser humano tuviera también que ver con su extinción. Antes de la llegada del hombre, sólo los mayores depredadores, como el león marsupial, se atrevían con los diprotodontes, como atestiguan las marcas de dentelladas en algunos fósiles. Pero otros fósiles muestran incisiones que delatan su consumo por los humanos. Además, los aborígenes quemaban regularmente los matorrales y las áreas forestales para hacer salir a los animales de caza y para favorecer el crecimiento de las plantas de las que se alimentaban, con lo que alteraron los ecosistemas, reemplazando los bosques húmedos por vegetación más tolerante al fuego, como los eucaliptos, y por praderas. Y Diprotodon, el mayor marsupial del que tenemos conocimiento, desapareció.

OBRAS DE GERMÁN FERNÁNDEZ:

Infiltrado reticular
Infiltrado reticular es la primera novela de la trilogía La saga de los borelianos. ¿Quieres ver cómo empieza? Aquí puedes leer los dos primeros capítulos.

El expediente Karnak. Ed. Rubeo

El ahorcado y otros cuentos fantásticos. Ed. Rubeo


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