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Zoo de fósiles

La mayor parte de los seres vivos que han poblado la Tierra han desaparecido para siempre. Quincenalmente, Germán Fernández Sánchez les ofrece en Zoo de Fósiles la posibilidad de conocer la vida de algunas de las más extraordinarias criaturas que vivieron en el pasado y que han llegado hasta nosotros a través de sus fósiles.

El origen de los cetáceos.

Ballenas - Zoo de fósiles podcast - Cienciaes.com

Hace tres décadas, en los años noventa, la biología molecular revolucionó la clasificación de los seres vivos. Hasta entonces, las clasificaciones estaban basadas exclusivamente en caracteres anatómicos, lo que en muchos casos indujo a error. Por ejemplo, se creía que los parientes más cercanos de los hipopótamos eran los cerdos y jabalíes hasta que la genética demostró que están más próximos a los rumiantes. Pero lo más sorprendente es que tampoco los rumiantes son los parientes más cercanos de los hipopótamos; los parientes vivos más cercanos de los hipopótamos son… los cetáceos, o sea, las ballenas y delfines. Así que los cetáceos se tienen que clasificar dentro del grupo de los ungulados, con las vacas, los cerdos, los ciervos, los antílopes, los camellos…

Anteriormente, se creía que los cetáceos descendían de los extintos mesoniquios, unos mamíferos depredadores con pezuñas. Los cetáceos primitivos y los mesoniquios comparten la forma triangular de sus molares, pero el consenso actual entre los paleontólogos es que este es un caracter arcaico, compartido por todos los antepasados de los mesoniquios y de los ungulados, que eran al menos parcialmente carnívoros o carroñeros. Cuando los mesoniquios y los ungulados se separaron, estos últimos se diversificaron con rapidez y perdieron las muelas triangulares al adaptarse a una dieta herbívora, salvo los antepasados de los cetáceos, que siguieron siendo carnívoros por su mayor necesidad de calorías para vivir como mamíferos acuáticos de sangre caliente.

Todo esto no significa que los cetáceos evolucionaran de animales parecidos al hipopótamo, porque los hipopótamos fósiles más antiguos solo tienen dieciséis millones de años, mientras que disponemos de fósiles de cetáceos de más de cincuenta millones de años de antigüedad; los hipopótamos han evolucionado mucho desde que se separaron de los cetáceos. En aquella época tan remota, a principios del Eoceno, el subcontinente indio era aún una isla, separada del resto de Asia por un mar poco profundo. En lo que hoy es Cachemira, entonces una región costera, vivía Indohyus, un pequeño animal parecido a los modernos dorcaterios o ciervos-ratón. Los primeros restos de Indohyus fueron descubiertos por el paleontólogo indio A. Ranga Rao. A su muerte, su viuda donó su colección de fósiles, muchos aún sin limpiar, al paleontólogo estadounidense Johannes Hans Thewissen. Durante la extracción de un cráneo de la matriz de roca, el preparador lo rompió accidentalmente, y dejó al descubierto la bulla timpánica, la pared ventral de la cavidad timpánica del oído medio. La bulla timpánica de Indohyus tiene una estructura muy distintiva, solo presente en los cetáceos. Indohyus no era estrictamente un cetáceo, pero estaba muy próximo a ellos. Era un pequeño animal omnívoro que se alimentaba en tierra, pero tenía algunas adaptaciones a la vida semiacuática, semejantes a las de los hipopótamos, como la gran densidad de los huesos de las patas, que les facilita la inmersión. Se supone que Indohyus tenía una estrategia de supervivencia similar a la del ciervo-ratón de agua (Hyemoschus aquaticus), que cuando se ve amenazado por un ave de presa se sumerge en el agua, donde puede permanecer escondido hasta cuatro minutos.

El grupo más antiguo de verdaderos cetáceos es el de los pakicétidos, que vivieron durante el Eoceno inferior en lo que hoy es el norte de Pakistán y el noroeste de la India, en una región árida con corrientes de agua intermitentes. Los pakicétidos eran animales cuadrúpedos de agua dulce pero, con sus largas patas y pequeñas manos, eran muy malos nadadores. Como Indohyus tenían los huesos densos y pesados para usarlos como lastre, lo que les permitía caminar por el fondo del agua, como los hipopótamos. En algunos yacimientos, los fósiles de pakicétidos son muy abundantes; tanto, que es imposible aislar los individuos; los esqueletos que se han reconstruido están formados por huesos de varios ejemplares. Se conocen tres géneros de pakicétidos: Ichthyolestes, el más pequeño, era del tamaño de un zorro; Nalacetus y Pakicetus eran tan grandes como un lobo. Los tres tenían el hocico largo, el cuello flexible y la cola larga y robusta. El sistema auditivo de los pakicétidos es intermedio entre el de los cetáceos modernos y el de los mamíferos terrestres. Los ojos se situan en la parte superior del cráneo, de manera que pueden permanecer sumergidos sin perder contacto visual con el exterior; se alimentan de peces y de pequeños animales terrestres que se acercan al agua a beber.

El siguiente grupo es el de los ambulocétidos, que también vivieron en Pakistán por la misma época. El género mejor conocido es Ambulocetus; de los otros dos géneros, Gandakasia e Himalayacetus, solo tenemos dientes y fragmentos de mandíbula. Con una longitud aproximada de tres metros, y un peso de entre doscientos y trescientos kilos, Ambulocetus ya era más acuático que terrestre, aunque probablemente debía salir a tierra para parir; en tierra era aún capaz de soportar su propio peso, y se desplazaba como los leones marinos. La cabeza de Ambulocetus es estrecha, con el cerebro pequeño, y la mandíbula inferior ya presenta algunas características de los cetáceos modernos, que ayudan a la audición bajo el agua. Los ojos son grandes, situados en la parte superior de la cabeza, como los de los cocodrilos. Ambulocetus vivía en estuarios y bahías poco profundas, donde se propulsaba con las largas patas traseras, y mediante ondulaciones del cuerpo y la cola, como las nutrias. Los pies eran muy grandes, y quizá estaban palmeados. Esta forma de natación es poco eficiente, así que probablemente cazaba por emboscada. De acuerdo con los isótopos de oxígeno y carbono presentes en los huesos, Ambulocetus y Gandakasia cazaban principalmente presas terrestres, mientras que Himalayacetus se alimentaba de animales marinos, aunque debía regresar a los ríos para beber agua dulce. La técnica de caza de Ambulocetus debía de ser similar a la de los cocodrilos, acechando a los grandes animales que se acercaban a beber en las orillas de los deltas fluviales.

Un paso más en la evolución hacia la vida marina lo dieron los remingtoncétidos, que ya no necesitaban beber agua dulce. El nombre de la familia es un homenaje al zoólogo estadounidense del siglo XX Remington Kellogg, autoridad mundial en cetáceos vivientes y extintos. Con esta familia, que vivió en el Eoceno medio, hace entre 49 y 43 millones de años, empezó la colonización de los océanos por parte de los cetáceos: además de en el norte y el centro de Pakistán y en el oeste de la India, se han encontrado fósiles de un género, Rayanistes, en Egipto. Los remingtoncétidos tenían la cabeza larga y estrecha, con los orificios nasales en el extremo del hocico y los ojos, pequeños, más laterales que los de los ambulocétidos. El cuerpo alargado, las patas cortas y la cola larga y musculosa recuerdan a los cocodrilos. Nadaban con ondulaciones de la cola. Se conocen varios géneros, desde Kutchicetus, no mayor que una nutria, hasta Dalanistes, que pesaba entre 600 y 750 kilos.

Los protocétidos forman un grupo más diverso que se extendió por todos los océanos subtropicales del mundo durante el Eoceno medio y superior, hace entre 48 y 35 millones de años. Sus fósiles se han encontrado en Europa, Asia, África y Norteamérica. Eran más acuáticos que los remingtoncétidos, pero aún debían parir en tierra: se ha encontrado un ejemplar del género Maiacetus con un feto posicionado con la cabeza por delante en el canal del parto; si hubiera nacido en el agua, se habría ahogado. Los ojos de los protocétidos ya son grandes y orientados lateralmente, como en los cetáceos modernos. Los orificios nasales son grandes y se situan en la parte superior de la zona media del hocico; así podían respirar sin sacar la cabeza del agua. La anatomía del oído y la mandíbula es intermedia entre la de los grupos más primitivos y la de los cetáceos modernos; su audición en el aire era mala, pero aún no poseían la audición direccional subacuática de los modernos cetáceos. Las patas son cortas y seguramente palmeadas, con lo que sus movimientos en tierra, si podían soportar su peso, serían torpes, como los de las focas. Algunos géneros, como Rodhocetus, aún conservaban las pezuñas en los dedos.

Estos fueron los últimos cetáceos anfibios; el siguiente grupo, el de los basilosáuridos, ya era completamente acuático: los basilosáuridos tenían la aleta caudal típica de los cetáceos, y sus patas traseras, muy pequeñas, no estaban articuladas con la cadera, de manera que no eran capaces de sostener su propio peso fuera del agua. De ellos hablaremos en un próximo episodio.

(Germán Fernández, 30/10/2022)

OBRAS DE GERMÁN FERNÁNDEZ:

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Infiltrado reticular es la primera novela de la trilogía La saga de los borelianos. ¿Quieres ver cómo empieza? Aquí puedes leer los dos primeros capítulos.

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