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Zoo de fósiles

La mayor parte de los seres vivos que han poblado la Tierra han desaparecido para siempre. Mensualmente, Germán Fernández Sánchez les ofrece en Zoo de Fósiles la posibilidad de conocer la vida de algunas de las más extraordinarias criaturas que vivieron en el pasado y que han llegado hasta nosotros a través de sus fósiles.

Las primeras tortugas marinas.

Primeras tortugas - Zoo de Fósiles podcast - Cienciaes.com

Hace unos años hablábamos en Zoo de fósiles de las tortugas marinas Archelon, la más grande que conocemos, y Ocepechelon, que tenía los huesos de la mandíbula transformados en un largo tubo de hueso. Ambas vivieron a finales del Cretácico, hace unos ochenta o setenta millones de años. Pero la historia de las tortugas marinas se remonta a mediados del Cretácico inferior, hace unos 120 millones de años. La tortuga marina más antigua que conocemos es Desmatochelys.

Desmatochelys, Archelon y Ocepechelon pertenecían a la familia de los protostéguidos, que comparten muchas características de las actuales tortugas laúd: las glándulas lacrimales transformadas en glándulas salinas, que permiten excretar el exceso de sal, el cuerpo aplanado e hidrodinámico, el caparazón ligero y las patas transformadas en aletas anchas y musculosas, que les permiten nadar grandes distancias y también arrastrarse por las playas y enterrar los huevos en la arena. Los protostéguidos tienen la cabeza grande, con un pico afilado en lugar de dientes, y el cuello corto. Son tortugas omnívoras, y sus principales depredadores eran los tiburones. Algunas especies, como Santanachelys, una pequeña tortuga de veinte centímetros de longitud que vivió en Brasil hace 110 millones de años, conservan dedos móviles en el extremo de las aletas delanteras.

El primer ejemplar de Desmatochelys fue descubierto por un trabajador del ferrocarril cerca de Fairbury, en Nebraska, y descrito por el paleontólogo Samuel Wendell Williston, de la Universidad de Kansas, en 1894. Se trataba de un cráneo casi completo, con la mandíbula inferior y piezas de las patas y el caparazón, datados en el Cretácico superior. Willinston creó para estos restos la especie Desmatochelys lowi en honor de su colega M. A. Low, que le había proporcionado los fósiles. Se trata de una tortuga de metro y medio de largo, con un cráneo de unos veinte centímetros, con grandes fosas nasales. Las patas delanteras tenían forma de remo, y el plastrón, la parte ventral del caparazón, apenas estaba unido a la parte superior. Más tarde se han descubierto otros especímenes en Dakota del Sur, Kansas, Arizona, Canadá y México. En aquella época, con el nivel del mar más alto que en la actualidad, todos esos lugares se encontraban bajo el mar, ya que el continente norteamericano estaba cruzado de norte a sur por un mar interior, el llamado mar de Niobrara.

En 1945, los paleontólogos estadounidenses Ruben Arthur Stirton y John Wyatt Durham, de la Universidad de California en Berkeley, recolectaron un cráneo completo de tortuga en el norte de Colombia, cerca de Villa de Leyva, que no fue estudiado sistemáticamente hasta 1989, cuando Donald Thomas Jeremy Smith, del Politécnico de Kingston, en Inglaterra, lo asignó al género Desmatochelys en su tesis doctoral. En 2007, los hermanos Mary Luz, Juan y Freddy Parra, paleontólogos aficionados, descubrieron nuevos fósiles en Villa de Leyva; estos restos, de 120 millones de años de antigüedad, hicieron de Desmatochelys la tortuga marina más antigua conocida. En 2015, los paleontólogos Edwin Alberto Cadena, del Instituto de Investigación Senckenberg en Frankfurt, y James Parham, de la Universidad Estatal de California, asignaron los fósiles colombianos a una nueva especie, distinta de la norteamericana, Desmatochelys padillai, llamada así en honor del químico Carlos Bernardo Padilla, creador del Centro de Investigación en Paleontología de Villa de Leyva, donde se exponen los fósiles encontrados por los hermanos Parra. Desmatochelys padillai alcanzaba los dos metros de longitud, y ya contaba con todas las adaptaciones de las tortugas marinas modernas. Sus huevos, sin embargo, son diferentes. El estudio de un ejemplar mediante tomografía ha determinado que los huevos eran casi esféricos, de 32 a 43 milimetros de diámetro, y de cáscara dura, a diferencia de los de las tortugas marinas actuales, que son blandos y alargados.

El paleobotánico y sacerdote claretiano colombiano Gustavo Huertas también ha trabajado en Villa de Leyva. En 2003 identificó dos especímenes que había recolectado en los años 60 del siglo pasado como pertenecientes a la planta Sphenophyllum colombianum, un equiseto que se consideraba extinguido desde el Triásico inferior, hace unos 250 millones de años. Pero estos fósiles eran contemporáneos de Desmatochelys, cien millones de años más modernos, y además, nunca se habían encontrado fósiles de esa especie en esa región de Colombia. Para asegurarse de que no se equivocaba, consultó con otros dos paleobotánicos colombianos, Fabiany Herrera del Museo Field de Chicago y Héctor Palma-Castro de la Universidad Nacional de Colombia, que en principio confirmaron la identificación. Pero un examen más detallado les hizo dudar: las líneas que habían tomado por las venas de una planta parecían más bien huesos. Así que recurrieron a Edwin Alberto Cadena, ahora en la Universidad del Rosario, en Bogotá, que confirmó que no se trataba de una planta, sino del caparazón de una tortuga, y probablemente de la especie que él había descrito años antes, Desmatochelys. Pero eran caparazones minúsculos, de no más de cinco centímetros de largo. Se trataba de crías recién nacidas, o de pocos meses de vida. Un elemento fundamental para conocer la evolución y el desarrollo de las tortugas marinas primitivas.

(Germán Fernández, 09/11/2023)

OBRAS DE GERMÁN FERNÁNDEZ:

Infiltrado reticular
Infiltrado reticular es la primera novela de la trilogía La saga de los borelianos. ¿Quieres ver cómo empieza? Aquí puedes leer los dos primeros capítulos.

El expediente Karnak. Ed. Rubeo

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