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Quilo de Ciencia

El quilo, con “q” es el líquido formado en el duodeno (intestino delgado) por bilis, jugo pancreático y lípidos emulsionados resultado de la digestión de los alimentos ingeridos. En el podcast Quilo de Ciencia, realizado por el profesor Jorge Laborda, intentamos “digerir” para el oyente los kilos de ciencia que se generan cada semana y que se publican en las revistas especializadas de mayor impacto científico. Los temas son, por consiguiente variados, pero esperamos que siempre resulten interesantes, amenos, y, en todo caso, nunca indigestos.

La ciencia de la caricia

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El tipo de información que adquirimos del tacto es muy variada

En la vida del día a día, pocos suelen detenerse a pensar que todo lo que hacemos, sentimos, pensamos, o creemos depende del buen funcionamiento de nuestras neuronas. La percepción del mundo exterior está filtrada por la manera en que esas células responden ante los estímulos que dicho mundo nos envía. Este filtro depende en buena medida de la utilidad de la percepción de dichos estímulos, y no de otros, para nuestra supervivencia. Por ejemplo, nuestro sistema visual no puede percibir los rayos ultravioleta, aunque el de algunos insectos, como las abejas, sí los percibe. La razón es que no resulta necesario percibirlos para desenvolvernos bien en nuestro entorno, en el que aún no tenemos que volar de flor en flor orientándonos por el Sol para conseguir alimento. Claro que con la crisis, y estos gobiernos, todo de andará.

Las neuronas encargadas de detectar los estímulos externos se denominan neuronas aferentes. La percepción del estímulo depende de la existencia de receptores específicos en su superficie. Estos son proteínas localizadas en la membrana celular, las cuales son modificadas de alguna forma por el estímulo exterior, lo que modifica, a su vez, el comportamiento de la neurona. Por ejemplo, las neuronas aferentes olfativas cuentan con receptores capaces de unirse a determinadas estructuras químicas. Esta unión molecular desencadena una actividad neuronal que genera una señal, la cual induce una percepción de un olor de determinada cualidad, placentero o nauseabundo.

Si esta idea es fácil de comprender en el caso del olfato, resulta más sorprendente el hecho de que similares mecanismos moleculares se encuentren funcionando también en el caso del tacto. Y es que el tipo de información que adquirimos del tacto es muy variada. Con solo tocar un objeto podemos averiguar muchas cosas sobre él: si es áspero o liso, si está frío o caliente, si es de plástico, tela, cerámica, metal… ¿Qué tipo de interacciones moleculares tienen lugar en estos casos? ¿Acaso las neuronas de la piel poseen receptores para los metales, o para la tela?

Mecanorreceptores

No tema, no es así. Las neuronas aferentes de la piel poseen los llamados mecanorreceptores. Son estos proteínas que reaccionan ante la presión mecánica o las distorsiones y afectan a la polaridad eléctrica de las membranas neuronales aferentes, desencadenando así la señal nerviosa. Existen varios tipos de mecanorreceptores, así como varios tipos de neuronas que los poseen y que responden a diferentes deformaciones de la piel: presión, golpes, roces… De esta manera, el contacto con la piel se traduce en la emisión de una señal que conlleva información sobre la naturaleza del objeto y del contacto y nos permite reaccionar frente a él.

Un tipo de neuronas mecanorreceptoras muy importante para los seres humanos es el que responde a las caricias. No cabe duda de que el suave contacto con la piel entre personas es uno de los estímulos de socialización más importante, fundamental para el correcto desarrollo psicológico desde el nacimiento, y fundamental, claro está, en las relaciones familiares y de pareja.

Hasta la fecha, poco era conocido sobre las propiedades de estas neuronas aferentes en los seres humamos, aunque en ratones sí se ha estudiado su función e incluso es posible estimularlas con fármacos, lo que genera en los animales un efecto antiansiolítico, similar al generado por los cuidados antiparasitarios de la piel y el pelo que los ratones se dan a sí mismos y también pueden darse unos a otros.

Lento y cálido

Para avanzar en la comprensión de las propiedades de las neuronas que responden a las caricias y su mecanismo de activación, investigadores de la Universidad de Gothenburg en Suecia, y de la Universidad de Florida, USA, realizan interesantes estudios que publican en la revista The Journal of Neuroscience. Los investigadores utilizan la técnica llamada microneurografía, en la cual se emplean finísimos electrodos de tungsteno insertados en la piel –cuya posición puede irse corrigiendo hasta captar la señal deseada– conectados a un amplificador de señal y a un sistema informático. Los sujetos bajo estudio están despiertos (la colocación de electrodos tan finos no necesita anestesia) y son capaces de cooperar con los investigadores.

Mediante una nueva tecnología en la que se controla por ordenador de manera exquisita la velocidad y la temperatura de contacto, los investigadores deslizaron sobre la piel del antebrazo de los sujetos, donde habían colocado los electrodos, un objeto suave a varias velocidades, desde 0,3 (muy lenta) a 30 cm por segundo (muy rápida). Igualmente, controlaron la temperatura a la que el contacto se producía: 18ºC (fría), 32ºC (cálida) o 42ºC (cáliente).

Los investigadores descubren así que este tipo de neuronas solo responden a movimientos lentos producidos a una temperatura cálida, similar a la de la piel de otra persona. Los contactos en estas condiciones aumentaron la frecuencia de emisión de señales de estas neuronas, lo que estuvo asociado al grado de placer experimentado por los sujetos.

Contamos pues con un sistema especializado en la recepción y goce de caricias, para lo que sin duda existe una buena razón evolutiva, posiblemente, el establecimiento de lazos personales imprescindibles a la supervivencia de la especie. Es bueno saberlo, y es bueno también usar este agradable sistema, con el que la Naturaleza nos ha dotado, lo más frecuentemente posible. Que lo disfrute.

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