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Quilo de Ciencia

El quilo, con “q” es el líquido formado en el duodeno (intestino delgado) por bilis, jugo pancreático y lípidos emulsionados resultado de la digestión de los alimentos ingeridos. En el podcast Quilo de Ciencia, realizado por el profesor Jorge Laborda, intentamos “digerir” para el oyente los kilos de ciencia que se generan cada semana y que se publican en las revistas especializadas de mayor impacto científico. Los temas son, por consiguiente variados, pero esperamos que siempre resulten interesantes, amenos, y, en todo caso, nunca indigestos.

Placebo: la realidad de lo imaginario.

Placebo. Quilo de Ciencia podcast. Cienciaes.com

Hoy os ofrezco un episodio de Quilo vintage que trata sobre el efecto placebo. Veamos lo que comentaba allá por noviembre de 2002 en un artículo escrito al respecto y, como siempre, comentaremos luego brevemente cómo están las cosas en la actualidad con respecto a lo que para muchos sigue siendo un misterioso fenómeno que demuestra la existencia de los efectos de la mente sobre el cuerpo. 

Placebo: la realidad de lo imaginario 

Cuando un laboratorio farmacéutico se propone lanzar un nuevo medicamento al mercado, debe antes demostrar su eficacia en ensayos clínicos. En estos ensayos, se intenta evaluar la eficacia del nuevo fármaco para paliar o curar determinada enfermedad. Inicialmente, se comprobó que los resultados de estos ensayos clínicos se veían afectados por los deseos del médico. Si este deseaba que los pacientes tratados con su nuevo medicamento mejoraran, aparentemente lo hacían. La explicación de este fenómeno es que el médico, como ser humano que es, tiene tendencia a interpretar la realidad según le convenga a él, y no tanto a sus pacientes. 

Para evitar estos “errores”, se realizaron estudios en los que se trataba a los pacientes bien con el medicamento bajo estudio, bien con algo que era indistinguible de dicho medicamento pero que no contenía sustancia curativa, principio activo, alguno, es decir, con el llamado placebo. El estudio se llevaba a cabo de tal manera que el médico no sabía qué paciente recibía qué, y el paciente tampoco sabía si recibía medicamento o placebo. Solo al final del periodo de estudio se podía abrir el sobre que contenía dicha información y se identificaba qué pacientes habían recibido medicamento y quiénes únicamente placebo. Así, se pensaba, se podría averiguar, sin problemas derivados de los deseos humanos, el efecto de un medicamento al compararlo con otra sustancia ineficaz. 

Era no contar con los deseos de los pacientes. La sorpresa surgió cuando se comprobó que los pacientes que recibían placebo parecían, a menudo, mejorar de su enfermedad más rápidamente que los que no eran tratados con nada, ni siquiera con algo que no contenía medicamento alguno. Era como si el mero hecho de creer que se estaba tomando algo que curaba, curara en realidad. A este efecto se le bautizó con el nombre de efecto placebo, y ha levantado grandes controversias en la comunidad médica. ¿Es el efecto placebo un efecto real, o es debido solo al optimismo de los pacientes que se creen tratados? ¿Acaso es posible curar sin medicamento alguno? 

Para la mayoría del estamento médico, el efecto placebo era real pero, hasta hace poco, no existía evidencia alguna de que el efecto placebo tuviera una base fisiológica. Y esto es, precisamente, lo que se ha conseguido recientemente, y que confirma la realidad de la existencia y eficacia curativa de este efecto. 

La demostración de que el efecto placebo es real la debemos a las extraordinarias posibilidades de la tecnología de imagen médica ofrecida por la tomografía de emisión de positrones (TEP), de la que hemos hablado en varias ocasiones en estas páginas. Esta tecnología permite analizar las zonas del cerebro que se ponen en funcionamiento al realizar ciertas actividades mentales, y también al tomar un medicamento. Utilizando esta tecnología, un grupo Canadiense, de la Universidad de Colombia Británica, en Vancouver, ha conseguido “ver” lo que sucede en el cerebro de pacientes a quienes se hace creer que se les trata con un potente medicamento. En este caso, los pacientes sufrían de la enfermedad de Parkinson, caracterizada por la pérdida, en una zona del cerebro, de neuronas que producen el neurotransmisor dopamina. Los investigadores inyectaron a estos pacientes o bien apomorfina, una sustancia eficaz contra la enfermedad porque aumenta la liberación de dopamina, o bien una solución de agua ligeramente salada, y observaron entonces lo que sucedía en sus cerebros. Lo que encontraron desafía el sentido común, pero fue que los cerebros de los pacientes que recibieron el placebo de agua salada experimentaron cambios similares a los que recibieron el medicamento. 

Como los resultados de estos estudios eran sorprendentes, pronto hubo quienes quisieron repetirlos. Esto lo hicieron unos investigadores de la Universidad de Tejas, en los Estados Unidos. En este caso, los pacientes que estudiaron estaban aquejados de depresión. El estudio se propuso comprobar si los cambios cerebrales producidos por un medicamento antidepresivo, la fluoxetina, eran también similares a los producidos por un placebo, siempre que el paciente creyera que estaba siendo tratado. Los resultados obtenidos en estos estudios confirmaron que el efecto placebo es real: los cambios cerebrales inducidos por el placebo eran similares a los inducidos por el medicamento, si bien este producía cambios más profundos. 

Casi al mismo tiempo, unos investigadores del Instituto Karolinska de Estocolmo, en Suecia, obtenían resultados aún más espectaculares. Estos investigadores exploraron el efecto placebo en el tratamiento del dolor con una experiencia muy sencilla. Un médico quemaba ligeramente el dorso de la mano de voluntarios y luego les administraba o un compuesto opiáceo analgésico derivado de la morfina, o un placebo. Acto seguido, se observaba gracias al TEP lo que sucedía en sus cerebros. Lo que se vio fue que los sujetos activaban en ambos casos las mismas zonas cerebrales, involucradas en la disminución de la sensación del dolor. Puesto que el cerebro produce sus propias sustancias analgésicas, relacionadas con la morfina, se supuso que el placebo, de alguna manera, inducía la producción de estas sustancias. Para probarlo, se administró a los sujetos naloxona, una sustancia que bloquea la acción de la morfina y de sus derivados. En este caso, ni el placebo ni el opiáceo administrado fueron eficaces para disminuir el dolor. 

Estos resultados indican, por tanto, que el efecto placebo es real y que en algunos casos, este efecto puede ser utilizado en adición al propio medicamento para aumentar la eficacia de la lucha contra el dolor o contra ciertas enfermedades. La existencia del efecto placebo explica también el éxito, en el caso de ciertas enfermedades, no de todas, de prácticas como la homeopatía, basada, en realidad, en la administración de placebos, ya que las diluciones de medicamentos empleadas son tan gigantescas que es imposible encontrar una sola molécula de principio activo ni siquiera buscándola entre millones de comprimidos homeopáticos. 

Estos resultados, como todos en ciencia, abren también incógnitas nuevas. Una vez establecida la realidad del efecto placebo, cabe preguntarse por qué unos individuos son más susceptibles que otros a dicho efecto. Si se supiera quiénes van a responder mejor a un tratamiento placebo, podría quizá evitarse la administración a muchos pacientes de medicamentos, siempre causantes de efectos secundarios de los que el placebo está, en principio, exento. Esto, además incidiría a la baja en los costes sanitarios, claro está. Por estas razones, la investigación en los misterios que quedan por resolver para explicar el mecanismo de este efecto promete darnos algunas agradables sorpresas en el futuro. 

Hasta aquí lo publicado en aquella ocasión.

Como aventuraba al final del texto, se han realizado interesantes estudios sobre el efecto placebo durante estos últimos veinte años. Algunos de los hechos descubiertos son sorprendentes. El primero es que el efecto placebo existe incluso cuando los pacientes que reciben el placebo saben que lo reciben, es decir, no es que los pacientes necesiten encontrarse en la ignorancia sobre si reciben o no medicamento o placebo, para que el efecto placebo actúe. Aunque los pacientes sepan que no reciben nada que pueda curarles, el efecto placebo funciona. 

Esto es de lo más sorprendente y necesita una explicación, pero antes de abordar los estudios o las ideas que proponen una u otra, es necesario precisar que el efecto placebo, así llamado, estrictamente no existe. Y no existe porque la nada no puede ejercer un efecto sobre algo. El placebo, en términos de una molécula efectora que ejerza una actividad sobre alguna otra molécula de las células, un enzima, un receptor, o lo que sea, no es, en realidad nada. Por tanto, el efecto observado al administrar un placebo no puede ser debido al placebo en sí mismo, ya que el placebo es la nada terapéutica, y obligatoriamente tiene que ser desencadenado por otros factores. 

No me cansaré de repetir las palabras del biólogo evolucionista Theodosius Dobzhansky: Nada tiene sentido en biología sino a la luz de la evolución. En efecto, así es el caso en biología, tanto como es el caso en astronomía que nada tiene sentido en el cosmos sino a la luz de la gravedad. Por consiguiente, el mal llamado efecto placebo, que algunos han pretendido cambiar por ello de nombre sin mucho éxito, en tanto que un efecto biológico, solo puede tener sentido a la luz de la evolución de las especies. En otras palabras, su existencia debe aportar algún valor de supervivencia a las especies que lo poseen, un valor que facilita la transmisión de los genes a las siguientes generaciones, que es de lo que la evolución se trata. 

Por lo poco que sé, se han propuesto dos ideas para explicar la existencia del efecto placebo en términos evolutivos. La primera propugna que el efecto placebo es, en realidad, un efecto resultado de la comunicación a los demás de tu estado de salud. La comunicación de que estás enfermo y necesitas la atención y el cuidado de los demás miembros de tu familia o clan pudo resultar fundamental para la superveniencia en tiempos en los que no solo la medicina no existía, sino que incluso el mismo lenguaje no lo hacía aún. Esta comunicación se hace más creíble si los síntomas de la enfermedad se muestran a los demás de manera intensa. Una vez el grupo social ha reaccionado y ofrece sus cuidados, alimentos y protección, la intensidad de los síntomas disminuiría y el enfermo comenzaría a sentirse mejor. Quizá hayas experimentado algo similar con tus propios hijos o nietos cuando se han hecho daño o están enfermos y reclaman tu atención. 

La otra idea que se ha propuesto para explicar el efecto placebo ¾mal llamado así, insisto¾, es que el sistema nervioso es el que debe controlar los recursos dedicados al sistema inmunitario para curarse de una enfermedad o incluso cicatrizar heridas, en lo que este sistema también participa de forma fundamental. Si el cerebro de la persona, o incluso del animal enfermo o herido, percibe que va a contar con recursos suficientes, que va a ser cuidado y alimentado por el resto del grupo, o que las condiciones externas le son favorables, la primavera llega y el alimento será abundante, el cerebro permite entonces que el sistema inmunitario dedique todos los recursos necesarios a la sanación. En caso contrario, el sistema inmunitario mantiene un estado de equilibrio, en lo posible, en el que no desencadena todo su potencial para la curación hasta que no pueda contar con los recursos necesarios. Ponerse a gastar lo que no se tiene siempre ha conducido a graves problemas, y en el caso del sistema inmunitario puede conducir a la muerte. Por ello, los cuidados del grupo, los rituales curativos, y la atención de los demás pueden ayudar a que el cerebro estimule que el sistema inmunitario consiga la sanación. 

Las anteriores teorías están indirectamente apoyadas por el hecho de que las enfermedades y síntomas afectados por el efecto placebo dependen en buena medida del funcionamiento del sistema inmunitario. El dolor, la inflamación o incluso las náuseas son efectos de la actividad del sistema inmunitario y estos parecen ser los síntomas más afectados por el efecto placebo. 

Vemos pues, en resumen, que el efecto placebo, el mal llamado efecto placebo, no se trata de una misteriosa capacidad de la mente, tan frecuentemente considerada una entidad espiritual en lugar de neuronal. Tiene, al contrario, un perfecto sentido evolutivo, biológico, aunque los mecanismos neuronales e inmunitarios que lo controlan disten mucho de ser completamente descubiertos y comprendidos. Lamento si con esto chafo a algunos su amor por creer, que suele ser siempre más intenso que el amor por saber. Y ahora que lo pienso, este fenómeno , el de amar más las creencias que la sabiduría, debe también poseer algún sentido evolutivo. Tengo algunas ideas para explicarlo, como quizá sepas, pero no temas, no voy a hablar de ellas ahora. 

Jorge Laborda (22/11/2022)

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