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Quilo de Ciencia

El quilo, con “q” es el líquido formado en el duodeno (intestino delgado) por bilis, jugo pancreático y lípidos emulsionados resultado de la digestión de los alimentos ingeridos. En el podcast Quilo de Ciencia, realizado por el profesor Jorge Laborda, intentamos “digerir” para el oyente los kilos de ciencia que se generan cada semana y que se publican en las revistas especializadas de mayor impacto científico. Los temas son, por consiguiente variados, pero esperamos que siempre resulten interesantes, amenos, y, en todo caso, nunca indigestos.

Se nos ha caído el pelo.

Se nos ha caído el pelo - Quilo de Ciencia podcast - CienciaEs.com

Hace algo más de dos décadas se barajaba como posibles explicaciones al hecho incontestable de que los seres humanos carecemos de pelo corporal, excepto en ciertas partes estratégicas de nuestro organismo, como los genitales o los sobacos. Abordaba entonces un tema que me ha preocupado y fascinado toda mi vida: ¿por qué somos de este modo y no de otro? ¿Cuál es la razón de ser de nuestro ser? Por supuesto, como ningún ser humano informado y educado en ciencia puede ya dudar, si está en su sano juicio, las razones deben encontrarse en nuestra historia evolutiva y en lo que pudo suceder en el pasado para encontrarnos en un presente tan pelado como el que vivimos hoy. Pelado no solo por la falta de pelo, lamentablemente.
Veamos lo que contaba hace cuatro lustros y veamos luego si alguna de las hipótesis que se barajaban para explicar la ausencia de pelo corporal ha podido ser confirmada o refutada.
Hace 20 años decía lo siguiente: Leer el artículo

Con las anteriores consideraciones terminaba el artículo periodístico publicado el 16 de junio de 2003. Más de veinte años más tarde, por lo que he podido ver, no parece que ninguna de las hipótesis barajadas para explicar la ausencia de pelo en nuestra especie haya podido ser confirmada ni descartada por completo.

La mayoría de la comunidad científica acepta hoy que la razón más probable de la ausencia de pelo en la especie humana es la regulación de la temperatura. La necesidad de correr largas distancias para abatir una presa o para llegar antes que otros a la carroña pudo hacer muy ventajosa la pérdida de pelo corporal, sobre todo considerando un cerebro de gran tamaño, que debe ser refrigerado de manera muy eficiente para evitar un peligroso sobrecalentamiento que cocería literalmente a las neuronas en condiciones de ejercicio físico intenso. En favor de esta hipótesis se encuentra el hecho de que los humanos contamos con muy numerosas glándulas ecrinas, es decir, glándulas que producen un sudor muy acuoso, desprovisto de grasa, que es ideal para generar una refrigeración por evaporación del agua sobre la superficie de la piel, lo que yo llamo el “efecto botijo”.

No obstante, la regulación de la temperatura corporal, aunque muy importante, tal vez no sea la única explicación para nuestra ausencia de pelo. Las hipótesis de la selección sexual y la de la defensa frente al ataque de parásitos pueden ser también ciertas. En otras palabras, no hay una razón que excluya de manera absoluta a las demás y de hecho puede haber varias razones que, confabuladas al mismo tiempo, hayan conducido a la perdida de pelo corporal a lo largo de nuestra evolución. Es posible que la pérdida de pelo, a pesar de hacer muy diferentes a los humanos sin pelo de los humanos con pelo, haya podido ejercer un extraño atractivo sexual en algunos primitivos hombres o primitivas mujeres en el momento del cuello de botella evolutivo por el que la especie humana atravesó. Es también posible que la pérdida de pelo favorecida por la termorregulación haya ayudado a defendernos de ciertos parásitos, o viceversa, que la defensa frente a parásitos que conllevó la pérdida de pelo pudo ayudar a hacer posible la carrera de largas distancias y la termorregulación necesaria durante la misma.

Si lo anterior no arroja una luz definitiva sobre las razones por las que no tenemos pelo corporal, hay aún otras consideraciones que añaden confusión, en particular las relacionadas con la hipótesis de que el ser humano carece de pelo debido a que atravesó un periodo de adaptación a la vida acuática. Esta hipótesis ha sido prácticamente descartada en la actualidad, no obstante, proporciona alguna explicación a otras características del ser humano no directamente relacionadas con la ausencia de pelo corporal.

Tomemos, si no, nuestro cerebro. Es un órgano cuya evolución no tiene paralelo en el mundo animal. La talla de nuestro cerebro se triplicó en unos pocos cientos de miles de años. Ningún animal de la sabana ha conseguido otro tanto. Al contrario, la evolución de los animales de la sabana indica que, en relación con la masa del cuerpo, el cerebro no se ha hecho más grande, sino más pequeño. El ser humano sería pues una excepción difícil de explicar.

Si quitamos el agua al cerebro, lo que queda es grasa en un 60%. La grasa es el componente fundamental de las membranas de las neuronas, que transmiten el impulso nervioso, aunque cualquier tipo de grasa no sirve para hacer cerebros. Es imprescindible la grasa poliinsaturada, los famosos ácidos grasos omega-tres, líquidos a temperatura ambiente, que no podemos fabricar, pero que con tanta abundancia se encuentran en pescados, mariscos y algas.

Curiosamente, no solo es rico en grasa el cerebro, sino también el cuerpo de los recién nacidos. Al final del embarazo, el feto incrementa diez veces su contenido en grasa. Esta grasa es luego utilizada para mantener el crecimiento del cerebro durante los primeros meses de vida. Los chimpancés, la especie más cercana a nosotros, nacen con un cerebro de talla similar al nuestro, pero poseen muy escasa grasa corporal. Si habéis visto chimpancés recién nacidos en la televisión o el zoo, os habréis dado cuenta de que son mucho más escuálidos que nuestros bebés. Esta ausencia de grasa corporal impide el crecimiento de sus cerebros.

Lo dicho anteriormente indica que la ingesta en abundancia de grasa poliinsaturada por la madre es particularmente importante para el crecimiento del cerebro y de todo el cuerpo de los bebés durante el embarazo. Esta grasa es mucho más fácilmente obtenible en las costas de lagos y mares que en la sabana.

La vida en las costas ayuda a explicar también la rápida migración y colonización del planeta por nuestros ancestros. Igualmente, el hallazgo de fósiles de homínidos en algunas islas indica que fueron capaces de atravesar grandes extensiones de agua para colonizarlas, lo cual sólo puede suceder con un animal que se encuentra cómodo en ese medio.

No obstante, uno de los hechos que apunta con más intensidad a un pasado acuático para nuestros ancestros es nuestra capacidad actual de aguantar la respiración. Los mamíferos terrestres, incluido nuestro hermano el chimpancé, no pueden controlar la respiración; respiran de manera totalmente involuntaria. Por otra parte, los mamíferos acuáticos solo respiran de manera voluntaria. Los delfines, por ejemplo, deben respirar voluntariamente, hasta tal punto que turnan las dos mitades de sus cerebros para dormir, una de las cuales debe siempre estar despierta para mantener la actividad respiratoria.

Entre ambos extremos, se encuentran los animales semi acuáticos, que pueden pasar de un control de la respiración involuntario a otro voluntario, como nosotros. Curiosamente, esta capacidad de controlar la respiración es fundamental para nuestra capacidad de hablar, y hay quien cree que de no haber pasado nuestros ancestros por un periodo semi acuático, no hubiéramos podido desarrollarla.

Aún hay más. Nuestros bebés nacen con una capa en la piel similar a la cera que, para facilitar nuestra memoria, se ha dado en llamar “vernix caseosa”. Este barniz se observa también en animales marinos, por ejemplo, en las focas, y es más espeso cuanto más rápidamente deben los recién nacidos sumergirse en agua. Parece ser, pues, un barniz protector de la humedad, que más tarde desaparece. ¿Por qué, de entre todos los primates compartirían nuestros bebés con las focas ese barniz si nuestros ancestros nacieron en medio de la seca sabana?

Muchas tribus primitivas encuentran muy natural dar a luz en el agua y sus bebés son capaces de nadar a los pocos días, incluso a las pocas horas de vida. Estudios recientes indican que parir en el agua es la mejor manera para que la madre pueda hacerlo sin ayuda. El bebé, al nacer, cuenta ya con el reflejo de cerrar la garganta y no respirar al contacto de su cara con el agua, por lo que no se ahogará al salir del útero materno. Por otra parte, al flotar gracias a su alta cantidad de grasa corporal, el bebé puede ser recogido fácilmente por la madre y llevado a su pecho, acto que causa la ruptura natural del cordón umbilical.

Y esto no es todo. Hay quien sostiene que el paso por un periodo de vida semiacuática pudo favorecer el bipedalismo, debido a la necesidad de mantener la cabeza fuera del agua. Andar sobre dos patas en el agua es mucho más fácil para un animal acostumbrado ya a cierta verticalidad por su pasado sobre los troncos y ramas de los árboles.

Sea como sea, en mi humilde opinión, todas estas ideas tienen su mérito y tienen también su problemática. No está claro aún hoy porqué el ser humano carece de pelo corporal, pero es posible que la causa no sea una sino una variedad de razones que tal vez por azar acabaron conjuntadas. Es probable que nuestra especie pasara por extraordinarias experiencias evolutivas, y probara muchos nichos y posibilidades de las que hoy guardamos la huella, experiencias que condujeron no solo a la pérdida de pelo, sino a todo el extraordinario conjunto de capacidades físicas, tanto terrestres como acuáticas que tenemos hoy los simios que pertenecemos a la especie Homo sapiens, así como a nuestra impresionante capacidad de adaptación a casi cualquier medio y situación. Deberíamos alegrarnos por nuestra suerte y tenernos todos en la más alta consideración y respeto, porque cada ser humano es un evento extraordinario en la historia de la Tierra y me atrevo a afirmar que también en la historia del universo.

(Jorge Laborda 11/12/2023)

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