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El quilo, con “q” es el líquido formado en el duodeno (intestino delgado) por bilis, jugo pancreático y lípidos emulsionados resultado de la digestión de los alimentos ingeridos. En el podcast Quilo de Ciencia, realizado por el profesor Jorge Laborda, intentamos “digerir” para el oyente los kilos de ciencia que se generan cada semana y que se publican en las revistas especializadas de mayor impacto científico. Los temas son, por consiguiente variados, pero esperamos que siempre resulten interesantes, amenos, y, en todo caso, nunca indigestos.
En este programa, la Fundación Grande Covián, Ángel Rodríguez Lozano y quien os habla os ofrecemos un nuevo episodio de Quilo in Memoriam en el que el Dr. Francisco Grande Covián, un eminente científico español, experto mundial en el área de fisiología y la nutrición humana, desaparecido en 1995, nos hablará de los importantes, y a veces olvidados, conocimientos sobre el envejecimiento humano, que eran sabidos antes de que terminara el siglo XX, especialmente en relación con la nutrición y la actividad física. Sus palabras permiten que nos demos cuenta de que muchos aspectos de la realidad del envejecimiento eran bien conocidos ya hace casi medio siglo, aunque muchos “vendedores de tiempo” se empeñen en hacer creer a los más incautos que evitar el envejecimiento es posible.
He aquí un resumen del texto original de Francisco Grande Covián:
El deterioro fisiológico del ser humano.
Francisco Grande Covián explica cómo nuestro cuerpo cambia con el paso del tiempo y por qué envejecemos. Diferencia claramente dos tipos de deterioro: el que se debe a enfermedades y el deterioro fisiológico, que ocurre de manera natural, sin que haya una patología de por medio. En otras palabras, aunque estemos sanos, nuestras funciones van perdiendo eficacia con la edad.
El envejecimiento es, por tanto, un proceso fisiológico inevitable, una consecuencia del paso del tiempo que afecta a todos los seres humanos. A lo largo del texto, Grande Covián analiza cómo disminuye nuestra capacidad funcional y qué factores pueden acelerar o frenar ese deterioro.
Para estudiar el envejecimiento, los científicos utilizan dos métodos. Uno es el método transversal, que compara grupos de personas de distintas edades (por ejemplo, jóvenes y ancianos) para ver cómo cambian ciertas funciones del cuerpo. El problema es que los grupos no son exactamente comparables: las personas mayores que siguen vivas a los 70 años no son una muestra idéntica a las de 20, ya que muchos de su generación no llegaron a esa edad. El otro método, el longitudinal, consiste en seguir a las mismas personas durante décadas, pero es complicado porque exige mucho tiempo y recursos. Por eso se usa más en animales, cuya vida es más corta.
Grande Covián destaca que entender el envejecimiento no es solo un asunto biológico, sino también social, porque cada vez vivimos más. En España, hacia 1970, ya un 10 % de la población tenía más de 65 años, y en Estados Unidos la proporción de mayores no ha dejado de crecer. Esto plantea nuevos retos para la salud pública y la sociedad en general.
Con la edad se produce un deterioro general de muchas funciones del cuerpo, como la vista, la función renal, el ritmo cardíaco o la capacidad de digerir los alimentos. Pero el cambio más importante, según el autor, no es tanto la pérdida de una función concreta, sino la reducción de la capacidad de adaptación del organismo. Dicho de otro modo, el cuerpo envejecido tiene menos “reserva” para responder a situaciones que exigen un esfuerzo extra.
Uno de los ejemplos más claros es la capacidad física. A medida que pasan los años, la fuerza muscular disminuye. Estudios realizados en hombres y mujeres entre los 20 y los 50 años muestran pérdidas de entre un 20 y un 30 % en la fuerza de la mano. Esto se debe sobre todo a que la masa muscular se reduce y también a que la motivación para el esfuerzo físico suele ser menor.
Además, el consumo máximo de oxígeno, que mide la capacidad aeróbica del cuerpo, baja con la edad. A los 75 años, una persona puede tener apenas la mitad de la capacidad de oxigenación que tenía a los 25. Sin embargo, la buena noticia es que la capacidad para realizar actividades ligeras o moderadas apenas cambia hasta los 65 años. Por eso, aunque los mayores no puedan correr una maratón, sí pueden caminar, nadar o montar en bicicleta sin grandes problemas. Lo que sí cambia es el tiempo que se necesita para recuperarse después del esfuerzo: los mayores necesitan descansar más entre períodos de actividad.
El ejercicio físico regular es una de las mejores herramientas para frenar el deterioro. Grande Covián cita estudios que demuestran que personas de más de 70 años que siguen un programa moderado de entrenamiento pueden alcanzar una forma física similar a la de gente diez o veinte años más joven que lleva una vida sedentaria. El ejercicio no detiene el envejecimiento, pero ayuda a mantener la independencia y la calidad de vida.
Otro aspecto clave que el autor analiza es el metabolismo basal, es decir, la cantidad de energía que gasta el cuerpo en reposo. Se suele decir que con la edad el metabolismo se vuelve más lento, y por eso las personas mayores necesitan comer menos. Aunque esto es cierto en parte, Grande Covián aclara que la reducción real es mucho menor de lo que se cree: solo alrededor del 1 % por década. Lo que cambia en realidad es la composición corporal: con los años perdemos masa muscular (tejido activo) y ganamos grasa, incluso si el peso total se mantiene igual.
En un estudio, por ejemplo, se observó que en 19 años los participantes habían ganado unos 10 kilos de peso, pero casi todo ese aumento correspondía a grasa, mientras que la masa muscular había disminuido ligeramente. Este cambio se debe tanto a la menor capacidad del cuerpo para regenerar sus tejidos como a los malos hábitos de vida. Muchas personas conservan el apetito de su juventud aunque se muevan menos, y eso lleva al exceso de peso y al deterioro de la salud.
Grande Covián aprovecha este punto para hablar del papel de la alimentación. En los países pobres, los problemas de salud suelen estar relacionados con la falta de alimentos; en cambio, en los países desarrollados, los problemas provienen del exceso: demasiadas calorías, demasiadas grasas saturadas y una dieta poco equilibrada.
Sobre si la dieta puede ralentizar el envejecimiento, el autor es tajante: no existe ninguna prueba de que añadir vitaminas o suplementos a una dieta ya equilibrada haga que vivamos más o envejezcamos más despacio. Es un mito muy popular, incluso entre algunos médicos, que confunden la función real de los nutrientes.
Eso sí, en experimentos con animales —sobre todo ratas— se ha visto que reducir el consumo de alimento puede alargar la vida. Las ratas que comían menos crecían más despacio, pero vivían más tiempo, hasta un 27 % más en algunos casos. Sin embargo, Grande Covián advierte que no hay pruebas de que esto funcione igual en humanos, y además implicaría vivir más, pero con cuerpos más pequeños y menos desarrollo.
Finalmente, el autor aborda las enfermedades degenerativas, como la arteriosclerosis o las enfermedades del corazón, que se dan sobre todo en edades avanzadas. Estas patologías tienen causas múltiples, pero la alimentación y el estilo de vida desempeñan un papel fundamental. En Estados Unidos, por ejemplo, el cambio hacia dietas más saludables, el abandono del tabaco, el control del peso y la práctica regular de ejercicio han reducido en unas 200 000 muertes anuales las muertes coronarias.
En resumen, el envejecimiento es un proceso natural que todos compartimos, pero nuestra forma de vivir y de comer puede marcar una gran diferencia en cómo lo experimentamos. No existen fórmulas mágicas ni vitaminas milagrosas para detener el paso del tiempo, pero una alimentación equilibrada, la actividad física y el control del exceso calórico pueden ayudarnos a envejecer mejor.
Grande Covián concluye con un toque de humor: si los médicos consiguen que vivamos más tiempo, serán los sociólogos y las instituciones quienes tendrán que enfrentarse a los nuevos retos de una sociedad cada vez más envejecida.
Francisco Grande Covián.
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