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Quilo de Ciencia

El quilo, con “q” es el líquido formado en el duodeno (intestino delgado) por bilis, jugo pancreático y lípidos emulsionados resultado de la digestión de los alimentos ingeridos. En el podcast Quilo de Ciencia, realizado por el profesor Jorge Laborda, intentamos “digerir” para el oyente los kilos de ciencia que se generan cada semana y que se publican en las revistas especializadas de mayor impacto científico. Los temas son, por consiguiente variados, pero esperamos que siempre resulten interesantes, amenos, y, en todo caso, nunca indigestos.

Causas de extinción masiva.

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Con el programa de hoy recupero la modalidad de podcast Quilo Vintage. He creído conveniente retomar un texto que publiqué el 29 de marzo de 2004 titulado: Causas de extinción masiva. Veamos lo que contaba por aquel entonces, que sigue estando de actualidad, y qué nuevos datos se han ido acumulando es estas más de dos décadas que han transcurrido desde entonces hasta hoy.

Podéis leer aquí lo que escribí en 2004

Han pasado más de veinte años desde que escribí este artículo, y la idea central sigue siendo válida: la historia de la vida no ha sido una marcha triunfal y progresiva hacia organismos cada vez “mejores”, sino una sucesión de supervivencias tras catástrofes. La evolución trabaja generación tras generación, mediante selección, adaptación, deriva, azar y oportunidad. Pero de vez en cuando el tablero entero de la vida se sacude. En esos momentos, no sobreviven necesariamente las especies “superiores”, sino las que, por razones a veces bastante accidentales, se encuentran en el lugar adecuado, tienen el tamaño adecuado, la fisiología adecuada o la estrategia vital adecuada para soportar un planeta convertido de pronto en territorio hostil.

Lo que ha cambiado desde la redacción original del artículo no es tanto esa visión general como el detalle de las causas y de la cronología. Durante mucho tiempo se habló casi siempre de las “cinco grandes” extinciones, que se han bautizado con el nombre de los periodos geológicos en los que se produjeron, que a mí me recuerdan los nombre de los 33 reyes godos que mis padres tuvieron que aprender a recitar de memoria en la escuela a la que en aquellos años posteriores a la que casi fue también una extinción masiva en España, Europa y el mundo, tuvieron la suerte de asistir. Estas cinco grandes extinciones son la del final del Ordovícico, la del Devónico tardío, la del final del Pérmico, la del final del Triásico y la del final del Cretácico. Esa clasificación sigue siendo útil, pero hoy sabemos que es demasiado simple. Hoy no se habla solo de cinco grandes extinciones. Según cómo se midan estos eventos catastróficos, pueden reconocerse 19 grandes picos de extinción si añadimos la crisis biológica del final del Ediacárico, hace 539 millones de años, una extinción tan temprana que resulta difícil documentar bien por la ausencia de fósiles adecuados.

No todas las extinciones tuvieron la misma intensidad ni son igual de bien comprendidas, pero juntas muestran que la historia de la vida ha estado marcada por muchas más sacudidas de las que suele recoger la lista clásica de las cinco grandes. El registro fósil muestra otras crisis importantes antes, entre medias y después de esas cinco. Desde la crisis del final del Ediacárico, hubo varias crisis en diferentes periodos de la historia de la Tierra. La mayoría no alcanzan la categoría de “gran extinción”, pero todas recuerdan que la biodiversidad ha vivido bajo una amenaza recurrente: la de un planeta cuyo medioambiente cambia a veces más deprisa de lo que la mayoría de los organismos vivos puede tolerar.

En estos más de veinte años también han cambiado algunas de las explicaciones que se han dado. En el artículo original mencionaba la posibilidad de que la gran extinción del Pérmico, la mayor de todas, hubiera sido causada por el impacto de un asteroide. Esa hipótesis, aunque no ha desaparecido por completo de la literatura marginal, ya no es la explicación dominante. Hoy la causa más aceptada apunta al enorme volcanismo de las Trampas Siberianas, hace unos 252 millones de años. Aquellas erupciones no solo expulsaron lava. Liberaron grandes cantidades de dióxido de carbono y otros gases, alteraron la temperatura global, acidificaron los océanos, disminuyeron el nivel de oxígeno disuelto en estos y, probablemente, causaron una cadena de efectos químicos y biológicos devastadores. No fue un cañonazo llegado del cielo, sino una transformación interna del planeta. La Tierra se convirtió, durante un tiempo, en una trampa para gran parte de la vida. Hoy sabemos, además que las transformaciones de la Tierra, y no las colisiones con cuerpos venidos del espacio exterior, están en el origen de la gran mayoría de las extinciones.

El caso del final del Cretácico sigue siendo diferente. Ahí, el impacto del asteroide de Chicxulub continúa siendo la explicación principal de la desaparición de los dinosaurios no avianos y de muchos otros grupos de animales. Sin embargo, tampoco conviene imaginar esta extinción como una historia de un solo protagonista. El volcanismo del Decán, en la India, estaba activo en torno a ese mismo periodo y pudo contribuir al estrés ambiental previo o influir negativamente en la recuperación posterior. En todo caso, la diferencia esencial permanece: en el Cretácico hubo un desencadenante astronómico claro; en muchas otras extinciones, el origen parece estar en el propio funcionamiento del sistema Tierra.

Esto permite hacer una observación interesante. Si ordenamos las grandes crisis desde el final del Ediacárico hasta el Triásico-Jurásico, encontramos extinciones o perturbaciones mayores separadas por intervalos de unas pocas decenas de millones de años, quizá entre veinte y ochenta millones. No parece que siguieran un periodo perfecto, pero sí da la impresión de que, durante la primera parte de la historia animal compleja, la biosfera sufrió profundas agresiones con cierta frecuencia. Muchas de ellas no parecen tener una causa astronómica, sino geológica, climática u oceánica: volcanismo gigantesco, cambios del nivel del mar, reorganizaciones de continentes y océanos, episodios de falta de oxígeno, calentamientos, enfriamientos o alteraciones del ciclo del carbono.

Si excluimos el impacto de Chicxulub, la última gran extinción claramente asociada a procesos internos del planeta fue la del final del Triásico, hace unos 201 millones de años. Desde entonces, la Tierra ha seguido cambiando muchísimo. Los continentes se han desplazado, el Atlántico se ha abierto, los climas han oscilado, se han levantado cordilleras, se han desarrollado casquetes polares, ha habido glaciaciones y calentamientos intensos, como el Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno, hace unos 56 millones de años. Pero ninguno de esos episodios ha producido una extinción global comparable a las grandes catástrofes paleozoicas o mesozoicas tempranas.

¿Quiere esto decir que el planeta se ha estabilizado? Bueno, yo lo diría con cuidado. No vivimos en un planeta estable en el sentido de inmóvil o benigno. La Tierra es dinámica, turbulenta, cambiante. Pero sí parece que, durante los últimos 200 millones de años, no se ha producido de forma natural una combinación interna suficientemente extrema, rápida y global como para causar otra gran extinción masiva del tipo de las anteriores. La diferencia no es que la Tierra haya dejado de cambiar, sino que no ha cruzado ciertos umbrales críticos.

Las extinciones masivas naturales no son campanadas que llaman a la muerte cada cierto número exacto de millones de años. Son más bien accidentes globales: peligrosas coincidencias de varios procesos que deterioran la biosfera. Para que una extinción alcance dimensiones planetarias no basta quizá con que haya solo volcanismo, ni con que cambie el clima, ni con que baje el nivel del mar. Hace falta que varias perturbaciones coincidan: por ejemplo, una emisión rápida de gases, océanos predispuestos a perder oxígeno, ecosistemas vulnerables, continentes que han derivado hasta colocarse de una manera poco favorable para la vida, sedimentos acumulados capaces de liberar con rapidez carbono o compuestos tóxicos, o cadenas alimentarias sometidas a presión. La vida en el planeta se parece notablemente a la vida de cada cual: aguanta mucho, pero no lo aguanta todo cuando los golpes llegan juntos.

En ese sentido, es posible que desde el Triásico-Jurásico la Tierra haya atravesado un intervalo relativamente menos propenso a extinciones masivas naturales de origen interno. Quizá la configuración tectónica ha sido menos peligrosa. Quizá los océanos han sido globalmente menos vulnerables a perder el oxígeno acumulado. Quizá no se ha repetido una provincia ígnea tan destructiva como las Trampas Siberianas en las condiciones adecuadas para provocar el máximo daño. O quizá, sencillamente, no ha coincidido una combinación letal.

Esta conclusión nos lleva a una parte tranquilizadora y a otra inquietante. La parte tranquilizadora es que las grandes extinciones naturales no parecen inevitables a corto plazo. No hay un calendario cósmico o geológico que nos obligue a esperar una cada cierto tiempo. La parte inquietante es que nosotros estamos reproduciendo algunos de los ingredientes que acompañaron a extinciones pasadas. Si, la humanidad está causando un calentamiento hiperrápido, acidificación de los océanos, alteración de los ciclos del carbono, nitrógeno y fósforo, destrucción de hábitats, contaminación, pérdida de oxígeno en zonas marinas, fragmentación ecológica y disminución de poblaciones de muchas especies. La diferencia es la escala temporal. Procesos que en el pasado podían extenderse durante miles o cientos de miles de años están siendo impulsados ahora en apenas un par de siglos.

Por eso la sexta extinción, si llega a consolidarse, será distinta. No tendrá como causa principal un asteroide, ni un volcanismo gigantesco, ni el desplazamiento lento de los continentes. Tendrá como causa una especie biológica que ha aprendido a extraer energía fósil, multiplicar alimentos, mover materiales, transformar el medioambiente y apropiarse de una fracción inmensa de la producción biológica del planeta. Será una extinción causada por inteligencia sin suficiente prudencia, es decir, por estupidez natural, por tecnología sin suficiente contención y por un éxito ecológico sin precedentes que se convierte en una especie de plaga planetaria y en amenaza global.

Los datos recientes sobre la biomasa dan a esta idea una fuerza casi física. El planeta actual no está habitado simplemente por muchas especies. Está habitado por masas vivas muy desiguales. La biomasa de los mamíferos, por ejemplo, está hoy dominada por los seres humanos y por los animales que hemos domesticado para nuestro uso. La masa total de nuestra especie y de nuestro ganado supera de manera abrumadora a la de los mamíferos silvestres terrestres. Muchos grandes animales salvajes siguen existiendo, sí, pero su peso ecológico real ha quedado reducido a una sombra de lo que fue.

Esto cambia la manera de pensar en la extinción. Una especie puede no haberse extinguido todavía y, sin embargo, haber sido ya ecológicamente derrotada. Puede conservar su nombre en los libros, algunos individuos en parques nacionales o poblaciones fragmentadas en regiones remotas, pero haber perdido la mayor parte de su abundancia, su territorio, su diversidad genética y su papel en los ecosistemas. Antes de la extinción legal o taxonómica suele haber una extinción funcional: la especie sigue viva, pero está excluida, ya no contribuye ni ayuda a organizar el mundo que habitaba.

En mi artículo “La increíble masa menguante” publicado hace unos tres años en Quilo de Ciencia, comentaba precisamente esta idea: la masa animal silvestre se ha ido encogiendo frente a la expansión de la masa humana y domesticada. Esta es quizá una de las imágenes más poderosas del Antropoceno. No solo estamos eliminando especies; estamos cambiando la distribución misma de la vida. Hemos convertido una biosfera diversa en una biosfera casi totalmente domesticada, simplificada y puesta a nuestro servicio. La vaca, el cerdo, la gallina, el perro, el gato y el ser humano pesan ahora mucho más, en conjunto, que los mamíferos salvajes que durante millones de años ocuparon bosques, sabanas, montañas, costas y oceanos.

¿A qué nivel de extinción se puede asimilar este dominio de la biomasa humana y domesticada? Si usamos el criterio clásico —porcentaje de especies desaparecidas— todavía no hemos alcanzado el nivel de las grandes extinciones fósiles, en las que se perdió alrededor del 75% o más de las especies. Pero si usamos criterios de biomasa, abundancia de individuos y función ecológica, el panorama es mucho más grave. En algunos grupos, especialmente los mamíferos terrestres, el mundo silvestre ha quedado reducido a una fracción mínima de la masa total. No estamos todavía ante una extinción masiva plenamente consumada, pero sí ante una contracción biológica compatible con sus fases iniciales: muchas especies, pocos individuos, menos espacio y menor futuro.

La pregunta final es si seremos capaces de estabilizar nuestra propia biomasa y, sobre todo, nuestro impacto. Mi estimación personal es pesimista. Es posible que la población humana se estabilice durante este siglo, pero eso no garantiza que se estabilice la presión sobre la biosfera. Si aumenta el consumo por persona, si crece la demanda de carne, si continúa la ocupación y degradación de suelo, si los océanos se calientan y acidifican, y si la economía sigue midiendo el éxito como expansión material indefinida, la estabilización demográfica no bastará.

Aun así, aún podemos cambiar el curso de la historia del planeta, en esta ocasión para bien. La humanidad también posee conocimiento y capacidad técnica para conseguir una agricultura más eficiente, energías renovables menos destructivas, restaurar al menos parte de los ecosistemas dañados, proteger los espacios naturales y alcanzar una comprensión científica cada vez más clara del problema.

La vida ha sobrevivido a extinciones terribles. Pero nosotros no somos observadores externos de la actual, en la que se estima que alrededor de un millón de especies están amenazadas. Nosotros somos su causa principal y, por eso mismo, tenemos la responsabilidad de ser también su freno. La cuestión ya no es si la humanidad puede dominar el planeta. Ya lo ha hecho. La cuestión es si sabrá dominar su propio dominio antes de que la increíble masa menguante de la vida silvestre se convierta en silencio.

Jorge Laborda, julio de 2026

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