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Ulises y la Ciencia

Desde abril de 1995, el profesor Ulises nos ha ido contando los fundamentos de la ciencia. Inspirado por las aventuras de su ilustre antepasado, el protagonista de la Odisea, la voz de Ulises nos invita a visitar mundos fascinantes, sólo comprendidos a la luz de los avances científicos. Con un lenguaje sencillo pero de forma rigurosa, quincenalmente nos cuenta una historia. Un guión de Ángel Rodríguez Lozano.

Venus, diosa, planeta y… ¿vida?

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Entre todos los astros del cielo, Venus tiene un atractivo especial. Su brillo en el cielo del amanecer o al atardecer ha maravillado a los seres humanos desde tiempos ancestrales. Múltiples civilizaciones han adorado a Venus, para los romanos era la diosa de la belleza, el amor, la fertilidad y tenía otros muchos otros atributos que ya le asignaban los griegos antes que ellos, aunque estos últimos la llamaban Afrodita. Mas allá de las leyendas, si nos ceñimos a la astronomía, la cercanía a la Tierra potenció la imaginación de muchos que no dudaron proponer que Venus era un planeta hermano de la Tierra y, como en ella, florecía la vida.

Las ideas de un Venus habitable o, por lo menos, con un ambiente válido para el asentamiento de una colonia terrícola, subsistieron durante mucho tiempo. Pero la cruda realidad es que Venus se parece al mismísimo infierno, al menos en su superficie. Un terrícola allí quedaría carbonizado en pocos minutos porque la temperatura media ronda los 450 º Celsius, demasiado para cualquier forma de vida, tal y como la conocemos. Sobre el terreno, su densa atmósfera es tan pesada que la presión es 92 veces mayor que la existente en la Tierra a nivel del mar. Para experimentar una presión así tendríamos que sumergirnos a más de 900 metros de profundidad en el océano.

Pero seamos imaginativos. Supongamos que, a pesar de todo, logramos establecernos en la superficie. No podríamos ver el Sol ni las estrellas porque la densa capa de nubes permanentes que cubren todo el planeta lo impediría. Si, a pesar de todo, lográramos ver a través de las nubes nos sorprendería descubrir que, al amanecer, el Astro Rey se eleva lentamente por el Oeste, al contrario que en la Tierra. Después comenzaría un lento caminar por el cielo proporcionando luz durante un larguísimo día que abarca 117 días terrestres. Tras la puesta de Sol por el Este, comenzaría una noche igualmente larga, negra, sin estrellas, iluminada tan solo por las ráfagas de los miles de rayos que surcan la capa nubosa. Venus circunda el Sol siguiendo una órbita menor que la tierra, su año dura 225 días terrestres, menos que un día venusino.

Aunque Venus parezca un planeta olvidado por la exploración espacial, no es así. Hasta allí han llegado, o han pasado por sus cercanías observándolo, más de 40 naves terrícolas. La primera en llegar, y precipitarse contra la superficie, fue lanzada por los soviéticos en 1965. Entre 1990 y 1994, la sonda Magallanes orbitó Venus equipada con un radar de apertura sintética, capaz de atravesar las nubes. Desde entonces tenemos un mapa casi completo del planeta. En el que se distinguen grandes cadenas de volcanes, extensas llanuras, valles profundos, cráteres de impacto y largos canales excavados por corrientes de lava. Excepto una, todas las montañas han sido bautizadas con nombres diosas de las mitologías de distintas culturas y mujeres célebres. Allí están los montes Akna, la diosa maya de los nacimientos, Ciuacoatl, diosa azteca de la tierra, el cráter Isabella, de 175 km de diámetro, llamado así en honor a la reina Isabel I de Castilla. Tan sólo la montaña más elevada, con una altura similar a la del Monte Everest, ha recibido su nombre en honor a un miembro del sexo masculino: los Montes Maxwell.

A pesar de todo lo que tiene de negativo para la vida, Venus sí que podría ser habitado, incluso podría tener algún tipo de vida, pero no sería en la superficie, sino más arriba, en las capas altas de la atmósfera. A medida que ascendemos desde el suelo de Venus, como sucede aquí en la Tierra, la presión atmosférica y la temperatura van disminuyendo. Al llegar a los 50 kilómetros de altura la presión iguala a la terrestre a nivel del mar y, lo que es más interesante, la temperatura desciende hasta unos agradables 20 º C ¿Os imagináis allí una colonia terrícola flotante encerrada en grandes globos aerostáticos que circundan el planeta empujados por el viento? Por supuesto esa colonia tendría que vivir aislada del ambiente exterior porque la atmósfera de Venus se compone principalmente de dióxido de carbono y las nubes están formadas por corrosivas gotitas de ácido sulfúrico. A pesar del lento girar de la superficie de Venus, el nivel superior de sus nubes se mueve a gran velocidad, impulsado por vientos huracanados que viajan a más de 360 kilómetros por hora. Así, la capa nubosa da una vuelta completa alrededor del planeta en apenas cinco días terrestres.

La luz del sol reflejada por las nubes es captada por los telescopios desde la Tierra y su estudio permite detectar características únicas de su composición. En 1960, los astrónomos habían detectado que las nubes altas de Venus no reflejan tanta luz ultravioleta del Sol como se esperaría. “Algo hay allí que la absorbe” – decían los astrónomos. Para explicarlo, Harold Morowitz y Carl Sagan aventuraron una hipótesis fascinante: tal vez la culpa sea de unos organismos flotantes capaces de realizar la fotosíntesis. La idea no parece ahora del todo descabellada, porque según un modelo de la evolución de Venus publicado recientemente, durante casi tres mil millones de años, el planeta pudo ser muy diferente. Se sabe que el Sol desprendía menos energía en el pasado, así, las simulaciones de evolución indican que, en un principio, Venus, debió ser muy similar a la Tierra. La superficie debió estar cubierta por un gran océano, la temperatura y la presión eran más bajas y las condiciones fueron ideales para el desarrollo de la vida. Si eso es cierto, Venus y la Tierra fueron planetas hermanos durante la mayor parte de su historia. Desgraciadamente para Venus, todo se torció hace tan sólo unos cientos de millones de años. La radiación solar fue aumentando y el océano desapareció y, al hacerlo, dejó de ser un sumidero para el dióxido de carbono. Este gas de efecto invernadero comenzó a crecer y provocó el desbocado cambio climático que lo llevó a la situación actual.

Pero siempre hay quien piensa que “donde hubo, algo queda” así pues, si hubo vida en el pasado, muchos científicos se preguntan ¿quedará allí algún organismo que haya resistido y se haya adaptado a las condiciones actuales? Para buscar respuestas a esa pregunta, conviene mirar a la Tierra en busca de ideas. Aquí se ha detectado vida en forma de microorganismos flotantes en las nubes y también existe vida en los charcos sulfurosos y calientes que existen en lugares de gran actividad geotermal. Esto hace pensar que tal vez existan organismos capaces de sobrevivir en las nubes altas y ácidas que cubren a Venus. Un artículo, publicado en Nature Astronomy en septiembre de 2020, vino a apoyar esa hipótesis. El artículo, firmado por Jane Greaves y sus colegas, llevaba por título “Gas fosfano en la cubierta nubosa de Venus”. Aquí en la Tierra, el fosfano (algunos lo llaman fosfina, pero fosfano es el nombre correcto) está esencialmente siempre asociado a los seres vivos, éstos lo crean como un subproducto de los procesos metabólicos o como resultado de la tecnología humana al fabricar fumigantes industriales y, incluso, en los laboratorios de metanfetamina.

Jane Greaves, investigadora de la Universidad de Cardiff, Reino Unido, había estudiado imágenes de Venus obtenidas por el telescopio James Clerk Maxwell en Hawaii y el Observatorio ALMA de Chile y detectó en ellas una frecuencia de luz, es decir, un color concreto que es desprendido por las moléculas de fosfano. El fosfano es una molécula relativamente simple que contiene un átomo de fósforo y tres átomos de hidrógeno, apesta a ajo o a pescado podrido, y es tan tóxica que, si logras olerla, es porque ya te ha dañado los pulmones de forma irremediable. El estudio indicaba que, a juzgar por la intensidad de la luz desprendida, en la atmósfera de Venus debía haber entre mil y un millón de veces más fosfano que en la atmósfera de la Tierra ¿Era el fosfano producto de vida microbiana en las nubes de Venus? ¿Habíamos encontrado, por fin, una señal de vida extraterrestre, aunque fuera microscópica?

Ahora, pasados los primeros momentos de entusiasmo, como ha sucedido en ocasiones semejantes en el pasado, la comunidad científica ha echado un jarro de agua fría sobre los defensores de la existencia de vida en Venus. Si visitáis ahora la publicación original, encontraréis un aviso al principio del artículo que dice así: “Los autores han informado a los editores de Nature Astronomy de un error en el procesamiento de los datos del Observatorio ALMA que ha tenido un impacto en las conclusiones que se pueden extraer”. Así pues, quizá las conclusiones hayan sido precipitadas, aunque eso no significa que hayan quedado invalidadas por completo.

Serán necesarias más investigaciones si se quiere responder a las preguntas planteadas por la fosfano, unas investigaciones que pueden potenciar de nuevo el interés por enviar naves de exploración a Venus.

Referencias:
Phosphine gas in the cloud decks of Venus Jane S. Greaves et al. en Nature Astronomy, 14 de septiembre de 2020.

(Ángel Rodríguez Lozano 10/01/2021)


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