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Ulises y la Ciencia

Desde abril de 1995, el profesor Ulises nos ha ido contando los fundamentos de la ciencia. Inspirado por las aventuras de su ilustre antepasado, el protagonista de la Odisea, la voz de Ulises nos invita a visitar mundos fascinantes, sólo comprendidos a la luz de los avances científicos. Con un lenguaje sencillo pero de forma rigurosa, quincenalmente nos cuenta una historia. Un guión de Ángel Rodríguez Lozano.

El mago Atomín y el vacío cósmico.

Magia y ciencia.

La ciencia nos habla por igual de un átomo, de una ciudad, de un sistema planetario o de un cúmulo de galaxias. Habla como si nuestra mente estuviera preparada para asumir la verdadera inmensidad del espacio que nos rodea. Pero somos limitados, no podemos. Nuestros sentidos han sido modelados por la evolución para sobrevivir en un mundo en el que las amenazas pueden ser tan pequeñas como un insecto o tan grandes como un elefante. Más allá de esos tamaños, la mente desvaría, las distancias pierden sentido de realidad y nos da vértigo. Necesitamos la ayuda de la imaginación.

La ciencia no tiene sentimientos, dice que la distancia de La Tierra al Sol es 150 millones de kilómetros y se queda tan fresca, apunta que el radio de un átomo es 0,00000000013 metros y no pestañea. Ante semejante embestida sólo nos queda defendernos con la imaginación. La imaginación es como un mago cargado de trucos. Si no es capaz de abarcar lo inmenso, lo reduce de tamaño y compara; si no puede imaginar lo ínfimo, lo aumenta y vuelve a comparar. Ha sido así, imaginando, como hemos intentado abarcar los extremos del Universo y hemos llegado a una conclusión sorprendente: está prácticamente vacío.

El Sol es una inmensa bola incandescente de 1,392,000 km de diámetro. No podemos hacernos una idea de lo grande que es, así que apliquémosle la varita mágica de la imaginación para reducirlo de tamaño.

¡Ya está! ahora tiene el mismo tamaño que un ser humano. Tiene usted delante una esfera solar de su misma estatura. Para ser justos, debemos aplicar la misma reducción a todos los planetas. Reducimos pues en la misma medida a Mercurio, La Tierra y el resto de los cuerpos que acompañan al Sol y aplicamos la misma fórmula a la distancias que los separa. ¡Hecho! ya tenemos un Sistema Solar de andar por casa.

El resultado es sorprendente. Mercurio queda reducido a una bolita diminuta de 3 milímetros de radio, el tamaño de una lenteja, situado ¡a 70 metros de distancia! Entre la esfera solar y él no hay nada, sólo espacio vacío. Más allá se mueve Venus, una canica (7,5mm de radio) a 132 metros y después orbita la Tierra, otra canica, a 182 metros de distancia. Entre ellos, una vez más, el vacío. Júpiter sería del tamaño de una pelota de balonmano a casi un kilómetro de distancia y Plutón, haciendo buena la denominación de planeta enano, sería una pequeñísima esfera de milímetro y medio de radio situada ¡a más de siete kilómetros de su Sol! Ésa es la cruda realidad. En una esfera de siete kilómetros de radio tan sólo hay una bola central del tamaño de una persona, nueve pequeñas bolitas y unas cuantas motas de polvo que corresponden a los asteroides y cometas. ¡Cuánto espacio desperdiciado!

Devolvamos el Sistema Solar a su tamaño y miremos en el otro sentido, hacia el diminuto mundo de los átomos. Como nada nos impide presumir, escojamos uno valioso: un átomo de oro. Dado que muchas veces nos han pintado los átomos como sistemas planetarios en miniatura, es decir, con un núcleo central y una nube de electrones a su alrededor, ampliemos el núcleo (su radio es 0,0000000000000073 m) aplicándole la misma receta mágica.

¡Ya está! en un periquete hemos aumentado el núcleo hasta hacerlo de nuestro tamaño. Si hiciéramos caso a lo que pintan en los libros, parecería un conjunto de bolitas, protones y neutrones, arracimadas formando una bola de nuestra estatura, por supuesto el aspecto real no es así, pero valga. Hemos escogido el mismo tamaño que le dimos al Sol porque, de esa manera, podremos comparar ambos mundos. Sus electrones se mueven alrededor del núcleo pero no lo hacen como los planetas, ésa es una idea antigua, más bien forman una nube borrosa de la que sólo conocemos, más o menos el límite exterior, que marca el radio del átomo. ¿Dónde tendríamos que situar el electrón más externo?, pásmense ustedes, ¡a 30 kilómetros del núcleo ampliado!

Si al aplicar nuestra imaginación al Sistema Solar descubríamos que es prácticamente espacio vacío, al observar el interior del átomo se nos revela un vacío muchísimo más grande. Así es la magia de la ciencia, no necesita sacar de la nada conejos escondidos para engañar al espectador, le basta con mostrar una realidad asombrosa que supera los límites de los sentidos y enseña a nuestras pequeñas mentes a navegar por los solitarios parajes de Vacío Cósmico.
Escuchen ustedes a Ulises.

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