Buscando "Bacterias"
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Las células fagocíticas del sistema inmune fagocitan, es decir, ingieren a los microorganismos para destruirlos y, por tanto, no solo no pretenden impedir que los microorganismos las invadan, sino que activamente los detectan y los introducen en su interior, con el consiguiente peligro para ellas, si algo marcha mal. Y algo puede marchar mal. Muchos de los microorganismos ingeridos por los fagocitos han desarrollado mecanismos que les permiten evadir la digestión, lo que les capacita, a su vez, para establecerse y vivir cómodamente en el interior de las células que los ingirieron. El conocimiento en profundidad de estos procesos puede ser importante para ayudar a vencer a las infecciones, tal vez con fármacos que los potencien.
Hoy, en Vanguardia de la Ciencia viajamos en el tiempo hasta los momentos más arcaicos de la historia terrestre, aquellos en los que la corteza comenzó a solidificarse hasta convertirse en el suelo que hoy pisamos. Les invitamos a viajar a la Antártida por partida doble, un primer viaje servirá para hacernos una idea de la inmensidad de esos parajes helados y, la segunda parte, nos acompañará Inmaculada Serrano, investigadora del Instituto Andaluz de Geofísica, quien ha vuelto recientemente de la Base Antártica española “Gabriel de Castilla” donde ha participado en el estudio de la Actividad sismovolcánica en la Isla Decepción.
Hasta la fecha, la única teoría global de la Inmunología, propuesta por el premio Nobel australiano Frank Macfarlane Burnet (1899-1985), mantenía que el sistema inmunitario de los animales protegía de las infecciones y ataques parasitarios porque era capaz de distinguir a nivel molecular entre lo propio y lo extraño. Sin embargo, desde sus inicios, algunos datos ya no eran coherentes con ella. En primer lugar, el sistema inmune puede atacar al propio organismo, lo que causa enfermedades autoinmunitarias crónicas y, además, el sistema inmune, en ocasiones, no ataca a lo extraño, como a las bacterias que pueblan la flora intestinal, o las células fetales que penetran en la sangre de la madre durante la gestación. Ahora, tres estudiosos, un físico, un filósofo y un biólogo, proponen una teoría inmunológica alternativa.
Hace más de un siglo, en 1899, el geólogo canadiense George Frederick Matthew describió una espina fósil aislada con el nombre de Orthotheca corrugata. Con una simple espina no es mucho lo que se puede hacer, pero Matthew la relacionó con el género Orthotheca, que por entonces se consideraba un gusano anélido, aunque hoy se clasifica en el grupo de los hiolitos, unos pequeños animales de concha cónica que vivieron en el Paleozoico. Corrugata significa “acanalada”, pues así era la espina fósil, que se había encontrado en el monte Stephen, en el sudeste de la Columbia Británica, donde también se encuentra el famoso yacimiento de los esquistos de Burgess. Fue allí donde años más tarde, en 1911, el paleontólogo estadounidense Charles Doolittle Walcott encontró varios fósiles con las mismas espinas, que clasificó como gusanos poliquetos con el nombre de Wiwaxia.
Trogocitosis, una nueva manera de “comer”. Investigadores de la Universidad de Virginia han publicado en la revista Nature el hallazgo de una nueva manera por la que algunas células primitivas captan nutrientes. Una ameba, que lleva por nombre Entamoeba histolytica, establece contacto con las células intestinales, pero no las fagocita ni las mata con toxinas, sino que simplemente “mordisquea” la membrana de la célula intestinal y le arrebata pequeños fragmentos que son ingeridos.
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