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Durante el Mioceno, hace entre 23 y 5 millones de años, el enfriamiento de la Tierra, debido entre otros factores al crecimiento del casquete de hielo de la Antártida, provocó una pérdida de humedad que favoreció la extensión de las hierbas en detrimento de los árboles. Aparecieron las primeras sabanas y muchas especies tuvieron que adaptarse al cambio, así surgieron rápidos pacedores, como las gacelas y los caballos modernos, mamíferos de gran tamaño como los elefantes y los rinocerontes, y mamíferos de elevada estatura, como las jirafas, adaptados a alimentarse de las ramas más altas de los árboles que salpican las sabanas.
Hace unos treinta millones de años, en el periodo Oligoceno, los indricoterinos, parientes de los rinocerontes desprovistos de cuernos, florecieron en las llanuras boscosas de Eurasia, desde los Balcanes, pasando por Kazajistán y Pakistán, hasta China y Mongolia. Entre ellos, Paraceratherium transouralicum, con un peso de quince a veinte toneladas, es el mayor mamífero terrestre de toda la historia. Al menos, el conocido por restos fósiles más o menos completos. Paraceratherium transouralicum alcanza una longitud de unos siete metros y medio, y una altura en la cruz de casi cinco metros. Es más alto que cualquier mamut o elefante. Una persona de talla media podría haber pasado por debajo de su vientre sin agacharse. Solo el cráneo mide 1,3 metros de largo y sesenta centímetros de ancho.
Hace cuatro siglos, los primeros navegantes que visitaron la isla Reunión, en el océano Índico, describieron un ave con el plumaje blanco y las puntas de las alas y la cola negras. La primera mención del Solitario de Reunión procede del cuaderno de bitácora del buque inglés Pearl, el 27 de marzo de 1613: “…una especie de ave con la corpulencia de un pavo, muy gorda, y con las alas tan cortas que no puede volar; es blanca y no es salvaje, igual que todos los pájaros de esta isla, puesto que ninguno de ellos ha sido hasta ahora molestado ni asustado por disparos. Nuestros hombres los abatían con bastones y piedras. Diez hombres mataron bastantes para alimentar a cuarenta personas al día.” El último ejemplar de que se tiene constancia fue visto en 1708.
Hace cinco siglos, cuando los primeros europeos llegaron a Madagascar, recogieron de los nativos relatos sobre extraños animales que vivían en las profundidades de las selvas de la isla. Étienne de Flacourt, que fue gobernador de la colonia francesa de Fort-Dauphin entre 1648 y 1655, escribió en su obra L’histoire de le grande île de Madagascar (“Historia de la gran isla de Madagascar”): “Tretretretre o tratratratra es un animal tan grande como un ternero de dos años, que tiene la cabeza redonda y cara humana; los pies delanteros como un mono, y los pies traseros también. Tiene el pelo rizado, la cola corta y las orejas como las de un hombre. […] Es un animal muy solitario; las gentes del país le tiene mucho miedo y huyen de él tanto como él huye de ellos.” En Madagascar no hay monos; sino lémures.
Hace siglo y medio, en 1855, el físico Gaston Planté, por entonces profesor ayudante de física aplicada en el Conservatorio Nacional de Artes y Oficios de Francia, descubrió unos huesos fósiles en una excursión que realizó con sus alumnos al yacimiento de arcillas plásticas de Meudon, al sudoeste de París. Planté puso los restos a disposición de Louis Constant Prévost, catedrático de geología de la Sorbona, que los presentó ante la Academia de Ciencias el 12 de marzo de ese mismo año. Aunque fue su sucesor en la cátedra, Edmond Hébert, quien publicó la descripción científica de los restos, que resultaron ser los de un ave gigante, a la que puso el nombre de Gastornis parisiensis, “ave de Gaston parisiense”, en honor de su descubridor.
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