Buscando "Evoluci"
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Hace unos programas, Miguel Pocoví decía que una de las hipótesis más razonables era la de que nos gusta el alcohol porque este se produce por fermentación de los azúcares en las frutas maduras, de las que nuestros ancestros extraían buena parte de las calorías y nutrientes que necesitaban. Esta es la llamada “hipótesis del mono borracho”. No obstante, el metabolismo del alcohol genera un producto intermedio, el acetaldehído, una molécula tóxica que puede afectar a la transmisión nerviosa e, incluso, interferir con la síntesis o reparación del ADN, lo que puede causar cáncer. Por esas razones, la evolución debía favorecer los individuos con mejores capacidades para detoxificar el alcohol con rapidez y evitar sus efectos perniciosos. Sin embargo, un nuevo estudio ha descubierto que ciertas células del sistema inmune atacan a las bacterias generando un ambiente tóxico, un proceso que requiere la inactivación temporal de las enzimas capaces de evitar los efectos tóxicos del metabolismo del alcohol. Este estudio ofrece una interesante explicación al hecho de que ciertas variantes genéticas pervivan todavía hoy en la especie humana y no hayan sido eliminadas de la población.
Hace algo más de dos décadas se barajaba como posibles explicaciones al hecho incontestable de que los seres humanos carecemos de pelo corporal, excepto en ciertas partes estratégicas de nuestro organismo, como los genitales o los sobacos. Abordaba entonces un tema que me ha preocupado y fascinado toda mi vida: ¿por qué somos de este modo y no de otro? ¿Cuál es la razón de ser de nuestro ser? Por supuesto, como ningún ser humano informado y educado en ciencia puede ya dudar, si está en su sano juicio, las razones deben encontrarse en nuestra historia evolutiva y en lo que pudo suceder en el pasado para encontrarnos en un presente tan pelado como el que vivimos hoy. Veamos lo que contaba hace cuatro lustros y veamos luego si alguna de las hipótesis que se barajaban para explicar la ausencia de pelo corporal ha podido ser confirmada o refutada.
La bioquímica y la inmunología están conectadas a través de la estructura y función de las membranas celulares, específicamente los fosfolípidos. Los fosfolípidos tienen una cabeza polar y una cola no polar, permitiendo a las membranas celulares formar una barrera entre el interior y el exterior de la célula. En nuestras células la cara interior y exterior de las membranas son diferentes, la pared exterior tiene carga eléctrica positiva y la interior no tiene carga, en las bacterias, en cambio, ambas caras son iguales, sin carga. Esta asimetría es crucial para la supervivencia, permitiendo a las células inmunitarias identificar y eliminar células enfermas o viejas. También ayuda a distinguir células propias de las invasoras como las bacterias, gracias a las defensinas, proteínas del sistema inmunitario que atacan a las bacterias uniéndose a sus membranas porque no están cargadas positivamente.
Investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Standford, en California, USA, dirigidos por el Dr. Vinod Menon desarrollaron una red neuronal para el aprendizaje profundo de las estructuras cerebrales. Para entrenarla, utilizaron los datos de resonancia magnética, una especie de sónar para el cerebro, recolectados de cientos de voluntarios sanos por el proyecto Conectoma Humano. Los datos recolectados de esos cientos de cerebros en funcionamiento fueron utilizados para entrenar a la red neuronal, indicándole cuáles de las imágenes de resonancia corresponden a cerebros de hombres y cuáles corresponden a cerebros de mujeres. El sistema fue capaz de aprender e identificar correctamente si la procedencia de la imagen era de un hombre o una mujer nueve de cada diez veces. Una precisión del 90 por ciento.
De acuerdo con la OMS el tabaco mata a más de ocho millones de personas cada año. De estas un millón trescientas mil personas no son fumadoras, pero mueren por estar expuestas al humo del tabaco que expelen las personas con las que conviven. Como comparación, los muertos por COVID-19, tras cuatro años de pandemia, son alrededor de siete millones. En 2003 se había producido un interesante descubrimiento genético que podía ayudar a explicar por qué algunos fumadores pueden desarrollar cáncer pronto y otros, en cambio, no lo desarrollan nunca. Hoy Jorge Laborda explica lo que se decía entonces y los últimos avances sobre este tema.
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