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Hace casi noventa años, en 1926, las obras de perforación para el suministro de agua a Pahala, en el sur de la isla de Hawái, sacaron a la luz unos huesos que resultaron ser los primeros fósiles de ave descubiertos en el archipiélago. Los huesos, en estado subfósil, aparecieron a 25 metros de profundidad, bajo un flujo de lava prehistórico y sobre un lecho de cenizas volcánicas. Eran muy quebradizos y se habían deformado por la exposición al calor de la lava de la erupción volcánica que causó la muerte del ave y enterró sus restos. La datación del flujo de lava en el que se encontraron los restos del ave extinta arrojó más tarde una antigüedad de unos 9 000 años. Este descubrimiento fue el principio de una cadena de hallazgos que revelaron la fauna extinta del paraíso hawaiano.
Hace unos años hablamos en Zoo de fósiles de los sorprendentes mamíferos de Daohugou, que vivieron en el noroeste de China a finales del Jurásico, hace unos 150 o 160 millones de años. En los bosques de aquella región, de clima cálido y húmedo, formados por coníferas, gingkos, cícadas, equisetos y helechos, vivían en la misma época los escansoriopterígidos, un grupo de minúsculos dinosaurios trepadores que se encuentran en la base del árbol evolutivo que llevó a la aparición de las aves.
Eunotosaurus es un pariente próximo de las primeras tortugas. Es un lagarto herbívoro rechoncho de unos treinta centímetros de longitud, con el cuello corto. A diferencia de las tortugas actuales, tiene dientes, y carece de caparazón. Los huesos de los ojos indican que es capaz de ver con poca luz. Las patas delenteras son fuertes, con grandes garras. Sus vértebras, que en los adultos están fusionadas a las costillas, son casi idénticas en número, forma y estructura a las de algunas tortugas. Además, al igual que las tortugas, Eunotosaurus carece de fibras de Sharpey en el borde anterior de las costillas. Estas fibras sirven para conectar las costillas con los músculos intercostales, que sirven para la respiración.
Hace unos treinta millones de años, en el periodo Oligoceno, los indricoterinos, parientes de los rinocerontes desprovistos de cuernos, florecieron en las llanuras boscosas de Eurasia, desde los Balcanes, pasando por Kazajistán y Pakistán, hasta China y Mongolia. Entre ellos, Paraceratherium transouralicum, con un peso de quince a veinte toneladas, es el mayor mamífero terrestre de toda la historia. Al menos, el conocido por restos fósiles más o menos completos. Paraceratherium transouralicum alcanza una longitud de unos siete metros y medio, y una altura en la cruz de casi cinco metros. Es más alto que cualquier mamut o elefante. Una persona de talla media podría haber pasado por debajo de su vientre sin agacharse. Solo el cráneo mide 1,3 metros de largo y sesenta centímetros de ancho.
Hace cuatro siglos, los primeros navegantes que visitaron la isla Reunión, en el océano Índico, describieron un ave con el plumaje blanco y las puntas de las alas y la cola negras. La primera mención del Solitario de Reunión procede del cuaderno de bitácora del buque inglés Pearl, el 27 de marzo de 1613: “…una especie de ave con la corpulencia de un pavo, muy gorda, y con las alas tan cortas que no puede volar; es blanca y no es salvaje, igual que todos los pájaros de esta isla, puesto que ninguno de ellos ha sido hasta ahora molestado ni asustado por disparos. Nuestros hombres los abatían con bastones y piedras. Diez hombres mataron bastantes para alimentar a cuarenta personas al día.” El último ejemplar de que se tiene constancia fue visto en 1708.
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