Buscando "Evoluci"
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Hace siglo y medio, en 1855, el físico Gaston Planté, por entonces profesor ayudante de física aplicada en el Conservatorio Nacional de Artes y Oficios de Francia, descubrió unos huesos fósiles en una excursión que realizó con sus alumnos al yacimiento de arcillas plásticas de Meudon, al sudoeste de París. Planté puso los restos a disposición de Louis Constant Prévost, catedrático de geología de la Sorbona, que los presentó ante la Academia de Ciencias el 12 de marzo de ese mismo año. Aunque fue su sucesor en la cátedra, Edmond Hébert, quien publicó la descripción científica de los restos, que resultaron ser los de un ave gigante, a la que puso el nombre de Gastornis parisiensis, “ave de Gaston parisiense”, en honor de su descubridor.
Hace unos ciento sesenta millones de años, la formación de Shishugou, en el desierto de Gobi, en el noroeste de China, era una región boscosa. Junto a una pequeña cadena de montañas con volcanes activos había una zona pantanosa con un fango viscoso que se acumula en pozos. En uno de los pozos se encontraron tres Limusaurus bajo dos depredadores de la especie Guanlong wucaii. Tras la caída de los tres Limusaurus, el primer depredador, un ejemplar joven, intentó comerselos; quedó atrapado a su vez, y el segundo depredador, adulto, trató después de comerse al primero, al que logró romper el cuello antes de morir. Sus fósiles han permitido la descripción de Limusaurus.
Hace unos años, en febrero de 2014, el Museo Paleontológico de Liaoning, en el nordeste de China, adquirió un fósil que había sido descubierto por un campesino llamado Yang Jun en una cantera próxima a la aldea de Nanshimenzi, en la vecina provincia de Hebei. Se trataba de un pequeño terópodo que se había conservado casi completo, incluso con tejidos blandos y plumaje, aplastado entre dos lajas de piedra. Tras una laboriosa preparación, el fósil fue descrito en 2018 con el nombre de Caihong juji. Ambas palabras proceden del chino; Caihong significa “arcoíris” y juji, “gran cresta”. El nombre alude a su colorido plumaje y a las crestas de hueso que adorna su cabeza.
Hace poco más de un siglo, en 1893, el paleontólogo franco-belga Louis Dollo presentó ante la Sociedad Belga de Geología, Paleontología e Hidrología sus ideas sobre la evolución. Allí enunció por primera vez la que se conoce desde entonces como “ley de Dollo”, un principio empírico según el cual un organismo no puede volver a un estado anterior de su línea evolutiva. Cuando se da una reversión evolutiva aparente, el camino evolutivo que lleva al resultado es completamente distinto del camino original. Desde que un pez ancestral salió del agua, hace casi cuatrocientos millones de años, varios de sus descendientes, tetrápodos terrestres, han vuelto al agua. Y de los descendientes de estos, ahora sabemos que, al menos uno, Eusaurosphargis, volvió de nuevo a tierra firme. Eusaurosphargis dalsassoi, vivió hace 243 millones de años y presenta ciertos rasgos que parecen intermedios entre las tortugas y otros reptiles, aunque ahora sabemos que no se trata de un antepasado de las tortugas.
Hace setenta millones de años, a finales del Cretácico, Madagascar ya era una isla, que se había separado unos millones de años antes de África y de la India. En el noroeste de Madagascar, el clima era cálido y árido, con largas estaciones secas y escasas lluvias. Tortugas, serpientes, lagartos, cocodrilos, dinosaurios y aves vivían en la región. También vivía allí el sapo más grande conocido: Beelzebufo ampinga. Beelzebufo mide cuarenta centímetros de longitud y su peso se estima en unos cuatro kilos y medio. Los primeros fósiles de Beelzebufo fueron descubiertos en 1993 por el paleontólogo David Krause, de la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook, en la Formación Maevarano, un yacimiento situado en la provincia de Mahajanga, en el noroeste de Madagascar.
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