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Hace dos años, el observatorio localizado en el volcán Mauna Loa, en Hawái, determinó que los niveles de CO2 atmosférico habían sobrepasado las 400 partes por millón (ppm). Hoy superan las 403. Recuerdo que cuando era pequeño me enseñaron que los niveles de CO2 por aquellos años eran de unas 325 ppm. Así pues, en el trascurso de mi aún no muy larga vida –que a escala geológica es y será tan solo un mero instante–, los niveles de CO2 en la atmósfera han subido más de un 20%. Está demostrado que este gas no deja que el calor en forma de radiación infrarroja abandone el planeta con facilidad, lo que acaba por aumentar su temperatura media de la Tierra. Los científicos conocen que el clima, en las diferentes regiones del planeta, es muy dependiente de la circulación de las corrientes marinas. ¿Afecta el calentamiento planetario a dichas corrientes, lo que podría a su vez conllevar otros efectos climáticos menos obvios? Un estudio reciente publicado en la revista Nature Climate Change indica que esto es lo que está sucediendo.
Esta semana mi curiosidad ha sido golpeada por la noticia del descubrimiento de una nueva especie de bacteria que podría ser de ayuda para mitigar los efectos del cambio climático y salvar así el planeta de la plaga que suponemos los humanos. El interés de la noticia radica, además, en la propia naturaleza del organismo. Podríamos decir que es la primera especie de bacteria-planta carnívora descubierta. Eso la convierte en una especie extraordinaria. El nuevo microorganismo ha sido bautizado con el nombre de Prorocentrum cf. balticum, a pesar de que no se ha descubierto en el mar Báltico, sino en la costa este de Australia, en el océano Pacífico. El microorganismo es un mixótrofo, por lo que es capaz de convertir a otros microbios en su merienda.
El creciente envejecimiento de la población amenaza nuestro futuro, sea cual sea nuestra edad. Se estima que para el año 2050 el número de personas mayores de 80 años se habrá triplicado y será superior a los 400 millones. Sin embargo, el problema, en realidad, no es el envejecimiento, sino el envejecimiento en malas condiciones de salud. Una hipótesis defendida por investigadores de la universidad de Duke, EE.UU. defiende que, contrariamente a lo que se piensa, no todas las personas envejecen a la misma velocidad, a pesar de que el tiempo transcurra igual para todos.
La ciencia, en base a lo descubierto hasta ahora, puede preguntarse si la Tierra es el mejor de los mundos posibles o, al menos, si es el mejor de los mundos habitables. Los astrónomos René Heller y John Armstrong han decidido analizar esta cuestión y proponen las condiciones óptimas que debería poseer el planeta ideal, uno aun más adecuado para la vida que la misma Tierra. Los científicos plantean que el planeta ideal debería ser telúrico, como la Tierra, formado por silicatos y con abundante agua líquida, pero de dos a tres veces más masivo que la Tierra. Eso supondría que su diámetro sería un 20 a un 30% superior y su gravedad también algo mayor. No deja de ser una hipótesis interesante (Ver en el Blog)”:http://jorlab.blogspot.com.es/2015/07/peces-gordos-de-las-cavernas.html.
Así como los animales utilizan su mayor o menor inteligencia, dependiente del funcionamiento de sus sistemas nerviosos, para evaluar las condiciones del entorno y responder frente a ellas, la evidencia científica acumulada recientemente indica que las plantas cuentan también con su propia inteligencia, una inteligencia que no está basada en el funcionamiento del sistema nervioso, sino que funciona de otro modo. No obstante, las plantas pueden aprender, pueden comunicarse con otras, pueden memorizar y pueden tomar decisiones en respuesta a determinados estímulos. A lo largo de su evolución han ido acumulando genes y mecanismos moleculares que pueden poner en marcha o apagar cuando es necesario para adaptarse a los avatares del entorno, a pesar de que no pueden echar a correr para salvarse, o a lo mejor, precisamente por esa razón.
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