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La percepción del tiempo es un problema aún no resuelto por la ciencia. Los científicos comenzaron a estudiar cómo percibimos el tiempo a finales del siglo XIX. No hubo para entonces grandes progresos, pero hoy, gracias a las avanzadas tecnologías de las que disponemos, estos estudios han experimentado un enorme impulso. Se ha podido determinar, por ejemplo, cuál es la máxima cantidad de tiempo que podemos medir con exactitud sin utilizar un reloj. Sorprendentemente, esta cantidad es muy corta, de solo dos o tres segundos. Cuando pretendemos estimar periodos de tiempo algo más largos, incluso de solo 10 o 15 segundos, la exactitud desaparece. ¿Por qué sucede esto? Una propuesta es que la percepción del tiempo depende de nuestra capacidad de atención. Los humanos disponemos solo de una capacidad limitada para ser conscientes de lo que sucede a nuestro alrededor.
Hace algo más de veinte años Jorge Laborda comentaba, en un artículo, el asunto de la nutrición y de la inmunidad desde el punto de vista de las enfermedades autoinmunitarias, estas que son causadas por un ataque del sistema inmunitario a nuestros propio órganos y tejidos, a los que, de buenas a primeras, identifican ahora como enemigos que hay que erradicar ¿Puede un mal estado nutritivo ayudar a desencadenar alguna enfermedad autoinmunitaria? Hace cuatro lustros comenzaba a quedar claro que esto podía ser así, en particular en el caso de las personas obesas. Hoy Jorge explica lo que contaba por aquel entonces, y, como es habitual, da un breve repaso a los avances y descubrimientos sobre este asunto que se han producido en las dos últimas décadas.
Nuestra visión del lugar que ocupamos en el Universo ha cambiado mucho durante los últimos 30 años. Si a principios de los años 90 considerábamos a la Tierra como uno de los 9 únicos planetas conocidos (solo 8 desde que Plutón fuera degradado en 2006) ahora ocupa un puesto indefinido en una larga lista que supera los 3.500 planetas cuya existencia ha sido confirmada por la ciencia ¿Cómo se las ingenian los astrofísicos para detectar esos lejanos mundos extrasolares? ¿Cómo, además de detectar su presencia, consiguen calcular su tamaño, periodo de traslación, temperatura y composición de su atmósfera? Nuestro invitado es uno de esos científicos observadores capaces de captar lo que, a todas luces, parece inobservable, al menos de forma directa. Guillermo Torres es investigador del Harvard Smithsonian Center of Astrophysics y miembro de la IAU.
Aunque hoy está meridianamente claro que la actividad de uno u otro gen estimulador de la reproducción celular es necesaria para la aparición de tumores, algunos tipos de cáncer carecen aún de genes mutados que expliquen su aparición y crecimiento. Es el caso del carcinoma de hígado asociado a la enfermedad hepática grasa no alcohólica. Entre el 30 y el 40% de la población adulta sufre de hígado graso, porcentaje que sube a más del 75% entre los obesos. Un porcentaje de los afectados por hígado graso desarrollará carcinoma hepático, un tipo de cáncer que carece de gen mutado que lo explique y que, por ello, también carece de una estrategia terapéutica específica contra él. Ahora, un grupo de investigadores chinos ha descubierto un gen que aparece con un funcionamiento muy elevado en muchos tumores, un gen que produce un enzima muy importante para la síntesis del colesterol.
La comprensión y manipulación inteligente de los fascinantes y complejos mecanismos por los que el sistema inmunitario nos defiende de los enemigos externos e internos está logrando que se pongan a punto eficaces inmunoterapias contra el cáncer. Gracias a ellas, se han conseguido curaciones de esta enfermedad que solo hace unos años hubieran sido consideradas milagrosas. Sin embargo, muchos de los conocimientos adquiridos sobre el funcionamiento del sistema inmunitario no han sido utilizados todavía para intentar generar nuevas estrategias de inmunoterapia. Por ejemplo, es conocido que las células inmunitarias más importantes para eliminar a las células tumorales son los llamados linfocitos asesinos naturales, o NK, por sus siglas en inglés (Natural Killer). Los inmunólogos han descubierto que la citocina más importante para la estimulación de la actividad asesina de las células NK y de los linfocitos T citotóxicos es la llamada interleucina-15 (IL-15).
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