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Aunque parezca mentira, no solo es falso que el ser humano posea una tendencia natural hacia la agresión al otro, sino que, al contrario, como han demostrado también estudios de psicología social, su tendencia natural es la de preferir hacerse daño sí mismo antes que hacérselo a los demás. Esta disposición tan humana y humanitaria se ha denominado hiperaltruismo y, sin duda, está relacionada con valores morales que participan en la evaluación de lo que está bien y de lo que está mal. De nuevo, desde el punto de vista del funcionamiento del cerebro, es posible que esta tendencia natural nuestra dependa también del correcto equilibro homeostático de los mismos neurotransmisores que afectan a nuestra agresividad (Ver en el Blog).
Uno de los factores que ha demostrado retrasar el deterioro motor e intelectual con la edad es el ejercicio físico frecuente. Se ha comprobado que el ejercicio físico mejora el flujo sanguíneo cerebral y favorece la generación de nuevas neuronas y vasos sanguíneos en el área cerebral denominada giro dentado del hipocampo. En las personas que realizan regularmente ejercicio físico, el volumen de esta zona cerebral disminuye más lentamente a medida que envejecen, lo que se asocia a una menor pérdida de memoria. Además, la actividad física mejora la función cardiovascular y disminuye el nivel general de inflamación, es decir, regula también la actividad del sistema inmune. Ahora, una investigación realizada en el Instituto Jackson, en los EE.UU., estudia qué sucede en el cerebro cuando se realiza ejercicio físico.
Mi célula favorita es el adipocito, esa célula aparentemente anodina y llena de grasa cuyo exceso tanto preocupa a una parte siempre creciente de la Humanidad. Y es que los adipocitos no se limitan almacenar grasa y a movilizarla cuando es necesario suministrarla a otras células del organismo. Los adipocitos ejercen importantes funciones que afectan al buen equilibrio de nuestro organismo. Son ellos los que detectan el estado nutricional del cuerpo y dan órdenes al cerebro para que este inicie o detenga el comportamiento de búsqueda e ingesta de alimentos. Los adipocitos de la piel participan en el desarrollo del pelo y en la lucha que el sistema inmune contrapone a los microrganismos, ya que producen sustancias antimicrobianas que ayudan a su eliminación. Ahora se ha descubierto que son capaces de moverse hasta las heridas y, una vez allí, ayudan a su cicatrización.
Darwin investigó la variación que se producía durante la cría de animales de granja y descubrió que, independientemente de la especie a la que pertenecieran, cerdos, vacas, caballos, cabras…, todos manifestaban una serie de características comunes, de síntomas, que no se observaban en los miembros salvajes de su misma especie. Estos síntomas incluyen: docilidad, cambios de color en piel o pelo, dientes de menor tamaño, orejas caídas o colas retorcidas, ciclos reproductivos más frecuentes, alteraciones en las hormonas adrenales (estrés), etc.. El fenómeno es un rompecabezas científico que lleva más de 150 años sin ser resuelto. Ahora, una nueva hipótesis intenta darle explicación.
La encefalopatía espongiforme bovina, más popularmente conocida como “enfermedad de las vacas locas” amenazó con convertirse en una seria epidemia a principios del siglo XXI. Esta enfermedad infecciosa era causada por una proteína patógena, denominada prion. En 2003, un grupo de investigadores de Reino Unido, realizó un fascinante estudio sobre una enfermedad similar a la de las vacas locas, pero solo propia de los Fore, una tribu de Papúa Nueva Guinea que practicaba un canibalismo ritual. El estudio con la tribu Fore suministró valiosa información para comprender por qué unos eran muy susceptibles a la enfermedad y otros eran resistentes a la misma. La información adquirida abrió, además, una siniestra puerta hacia nuestro oscuro pasado como caníbales. Hay varios aspectos que tratar en relación con lo que se ha ido conociendo estas dos últimas décadas sobre el gen del prion y la proteína priónica que produce.
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