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Imagina que entras en una cueva muy antigua, tan antigua que ha acumulado sedimentos durante 46.000 años, y que puedes recuperar parte de su larga historia no a través de huesos o herramientas fósiles, sino gracias al ADN atrapado en el polvo bajo tus pies. Eso es, en parte, lo que hace Pere Gelabert, investigador del Departamento de Evolución y Antropología de la Universidad de Viena, quien ha liderado un estudio fascinante sobre el ADN antiguo conservado en los sedimentos de la cueva de El Mirón, en Cantabria.
En este episodio de Hablando con Científicos, hablamos con él sobre los resultados de este trabajo que, mediante el análisis de ADN antiguo extraído directamente de los sedimentos — lo que se conoce como sedaDNA (sedimentary ancient DNA) —, ha permitido averiguar que por allí pasaron, hace decenas de miles de años, neandertales, humanos modernos y una larga lista de animales, entre los que figuran lobos, leopardos, hienas y cuones.
Cuando se habla de aceleradores de partículas, la imaginación suele llevarnos a enormes túneles subterráneos, experimentos abstractos y preguntas lejanas sobre el origen del universo. Sin embargo, están mucho más cerca de nosotros de lo que podemos imaginar, como explican nuestros invitados en Hablando con Científicos, Núria Fuster y Daniel Esperante, autores del libro Aceleradores de partículas. Del laboratorio a la sociedad.
Ambos entrevistados nos enseñan que, aunque estos dispositivos nacieron para responder a grandes preguntas sobre el universo, hoy en día la mayoría se utilizan fuera de los laboratorios. Gracias a los aceleradores se tratan tumores mediante radioterapia y protonterapia, se fabrican los microchips que permiten el funcionamiento de nuestros teléfonos móviles y ordenadores, y se desarrollan nuevas tecnologías médicas e industriales. Incluso estuvieron presentes en las casas de nuestros padres y abuelos hasta hace muy poco, en el interior de antiguos y voluminosos televisores.
¿Qué es un fósil viviente? Desde que Charles Darwin la acuñó en su libro El origen de las especies, la expresión ha arraigado en la imaginación popular. Un fósil viviente fascina porque sugiere que nos encontramos en presencia de un superviviente de tiempos remotos, un habitante del pasado trasladado a nuestra época. El celacanto, el ornitorrinco, el gingko, los tiburones, los escorpiones, las cucarachas… Todos ellos, y muchas otras especies y grupos se consideran fósiles vivientes. Pero, ¿qué queremos decir en realidad cuando decimos que un ser vivo es un fósil viviente?
Desde hace milenios se vienen desenterrando fósiles de dinosaurio. En China se los consideraba huesos de dragón, y aún hoy se usan en la medicina tradicional. En Europa se creía que eran los restos de gigantes. Pero las primeras descripciones académicas de fósiles de dinosaurios no se hicieron hasta finales del siglo XVII. El naturalista inglés Robert Plot, catedrático de química en Oxford y conservador del Museo Ashmoleano de esa universidad, publicó en 1677 una descripción de un fragmento del fémur de un gran animal; como era demasiado grande para pertenecer a ninguna de las especies que habitan en Inglaterra, lo atribuyó primero a un elefante de guerra romano, y después a uno de los gigantes que según la Biblia murieron en el Diluvio Universal. En 1699, su sucesor en el Museo Ashmoleano, el galés Edward Lhuyd, describió un diente fósil que ahora sabemos que pertenecía a un dinosaurio.
Hace casi dos siglos, en 1821, los paleontólogos ingleses Henry de la Beche y William Conybeare publicaron la primera descripción sistemática de los ictiosaurios, a los que identificaron como reptiles marinos. Desde entonces, la posición de estos reptiles semejantes a tiburones o delfines en el árbol evolutivo ha sido muy discutida. El 5 de noviembre de 2014, un equipo de paleontólogos de China, Estados Unidos e Italia publicó la descripción de una nueva especie de reptil del triásico inferior que parece ocupar un el hueco que faltaba en la cadena evolutiva de los ictiosaurios, el Cartorhynchus lenticarpus, cuyo nombre significa “hocico corto y muñeca flexible”.
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