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Hace veinte años ya existían prometedoras estrategias para intentar acelerar la cicatrización de las heridas o las incisiones realizadas en cirugía. La cicatrización de las heridas es fundamental para evitar infecciones. La piel es la primera barrera frente a la penetración de los microorganismos, y esa es la razón por la que su integridad es fundamental para nuestra salud. Por supuesto, impedir el flujo de sangre es importante igualmente, y de eso se encarga el complejo mecanismo de la coagulación sanguínea, que, sin embargo, no debemos confundir con el proceso de cicatrización. En las últimas dos décadas, importantes avances en biotecnología han contribuido a mejorar la cicatrización de las heridas y han ayudado a quienes han debido someterse a algún procedimiento quirúrgico.
Hoy, Jorge Laborda nos describe la sorprendente similitud que existe entre un proceso cotidiano —el calentamiento de la leche en una cacerola puesta al fuego— y otro astronómico: la formación de una gigante roja. Comienza explicando con detalle cómo se calienta una cacerola con agua: primero por conducción y, después, por convección, cuando el agua caliente asciende y la fría desciende. Al alcanzar los 100 °C, las burbujas de vapor empiezan a subir y, según su estabilidad, pueden provocar desbordamientos, como ocurre con la leche hirviendo. Finalmente, compara este fenómeno con la expansión de las estrellas al entrar en su fase de gigante roja: al igual que la leche, sus capas exteriores se “desbordan” para liberar el exceso de energía, revelando una sorprendente analogía entre lo que sucede en la cocina y en el cosmos.
¿Sabías que los animales de la sabana temen mucho más a los humanos que a los leones? Un estudio reciente, publicado en la revista Current Biology, ha demostrado que la fauna salvaje es dos veces más propensa a huir al escuchar voces humanas conversando (no es necesario ni que griten ni que amenacen) que al escuchar rugidos de leones, un resultado que no había sido cuantificado antes. Los investigadores, de varias universidades estadounidenses, canadienses y sudafricanas, analizaron cómo los animales reaccionaban a diferentes sonidos, que además de voces humanas incluían ladridos de perros, disparos y rugidos de leones. Descubrieron que los animales abandonaban los abrevaderos un 40% más rápido al escuchar a los humanos que al escuchar a los leones. Este comportamiento se observó en un asombroso 95% de las especies estudiadas.
Hace algo más de dos décadas se barajaba como posibles explicaciones al hecho incontestable de que los seres humanos carecemos de pelo corporal, excepto en ciertas partes estratégicas de nuestro organismo, como los genitales o los sobacos. Abordaba entonces un tema que me ha preocupado y fascinado toda mi vida: ¿por qué somos de este modo y no de otro? ¿Cuál es la razón de ser de nuestro ser? Por supuesto, como ningún ser humano informado y educado en ciencia puede ya dudar, si está en su sano juicio, las razones deben encontrarse en nuestra historia evolutiva y en lo que pudo suceder en el pasado para encontrarnos en un presente tan pelado como el que vivimos hoy. Veamos lo que contaba hace cuatro lustros y veamos luego si alguna de las hipótesis que se barajaban para explicar la ausencia de pelo corporal ha podido ser confirmada o refutada.
La bioquímica y la inmunología están conectadas a través de la estructura y función de las membranas celulares, específicamente los fosfolípidos. Los fosfolípidos tienen una cabeza polar y una cola no polar, permitiendo a las membranas celulares formar una barrera entre el interior y el exterior de la célula. En nuestras células la cara interior y exterior de las membranas son diferentes, la pared exterior tiene carga eléctrica positiva y la interior no tiene carga, en las bacterias, en cambio, ambas caras son iguales, sin carga. Esta asimetría es crucial para la supervivencia, permitiendo a las células inmunitarias identificar y eliminar células enfermas o viejas. También ayuda a distinguir células propias de las invasoras como las bacterias, gracias a las defensinas, proteínas del sistema inmunitario que atacan a las bacterias uniéndose a sus membranas porque no están cargadas positivamente.
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