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El conocimiento científico crece gracias a la labor de miles de personas que se esfuerzan, hasta el agotamiento, por encontrar respuestas a los enigmas que plantea la Naturaleza. En cada programa un científico conversa con Ángel Rodríguez Lozano y abre para nosotros las puertas de un campo del conocimiento.

Viejos fármacos contra virus emergentes. Hablamos con Cristina Risco

Fármacos viejos contra nuevos virus. - Hablando con Científicos podcast - CienciaEs.com

Los virus no son una amenaza nueva para la humanidad, siempre ha existido. Sin embargo, recientemente, algunos de ellos están encontrando nuevas vías de expansión y su capacidad para invadir nuevos territorios nos está poniendo de los nervios. El virus Zika o el ébola son dos ejemplos muy elocuentes de ello. Pero la lista de virus que pueden causar daños más o menos importantes a los seres humanos es mucho más larga, razón más que suficiente para investigar posibles remedios contra estas amenazas, estén donde estén. Muchos de estos virus llevan años infectando a personas de regiones alejadas del mundo desarrollado y, mientras ha sido así, el esfuerzo que se ha hecho por investigar nuevas formas de combatirlos ha sido menor del que debería. Ahora las cosas están cambiando.

Algunos de los virus que nos amenazan son propagados por artrópodos (insectos, garrapatas, chiches, etc) que transportan los virus sin sufrir, al menos aparentemente, ningún perjuicio. Algunas especies de esos animales, conocidos como “vectores” de los agentes patógenos, se cargan de virus al picar a las personas infectadas y después lo transmiten a personas sanas. Ese proceso de trasvase de virus se está potenciando en algunas enfermedades víricas por diversas razones, entre ellas, el continuo trasiego de personas y mercancías entre las distintas partes del planeta y el cambio de condiciones ambientales que el calentamiento global está produciendo en algunas regiones.

En el fondo, la naturaleza no entiende de diferencias sociales entre la abundancia y la pobreza. Si un virus afecta a una población, debemos hacer un esfuerzo por buscar remedio sin importar dónde suceda. Por un lado, porque todo el mundo tiene derecho a contar con los medios sanitarios para preservar su salud y, por otro, porque, por muy lejos que vivamos del brote epidémico, nadie está totalmente a salvo.

En estos momentos existen varios tipos de virus emergentes que afectan a una parte importante de la humanidad para los que aún no se ha encontrado un tratamiento efectivo.

A la cabeza está, aunque solo sea por lo que se habla de él últimamente, el virus Zika, cuyo nombre procede del lugar de su descubrimiento: los bosques de Zika, en Uganda. Un descubrimiento que, por cierto, se hizo en un mono Rhesus de la zona. En 1952, se detectó en humanos y desde entonces se ha ido expandiendo por África y Asia hasta saltar a Sudamérica donde, según informan las autoridades sanitarias, está teniendo una propagación explosiva, favorecido por el vector, el mosquito del género Aedes. Como digo, éste es el virus más mediático, en estos momentos, pero hay muchos más que deben atraer nuestra atención. Otro ejemplo es el virus de la fiebre Chikunguña, que comparte con Zika el hecho de que puede ser transmitido por la picadura del mismo tipo de mosquito. El Dengue, otra enfermedad vírica transmitida por mosquitos que, según la Organización Mundial de la Salud, se expande rápidamente hasta el punto que alrededor del 40% de la población mundial se encuentra en riesgo. El virus de la fiebre hemorrágica de Crimea – Congo, una enfermedad transmitida por garrapatas. El virus de la encefalitis japonesa, también transmitida por un mosquito, etc.

La lista es larga y, por ello, la investigación de fármacos y vacunas debe ser una prioridad, si queremos vencer a este tipo de enfermedades. Ahora bien, la búsqueda de tratamientos efectivos se enfrenta a un importante problema: el tiempo. Mientras estas enfermedades se propagan a gran velocidad, pueden pasar entre 10 y 20 años desde que un fármaco se descubre hasta que está disponible en el mercado. Tanto tiempo es necesario porque, una vez descubierta la sustancia que potencialmente puede efectiva, debe ser investigada, optimizada, probada en experimentos in vitro, con animales y con personas antes de que su validez quede demostrada y pueda ser fabricado en masa con toda seguridad. Demasiado tiempo cuando una enfermedad infecciosa se expande de manera explosiva.

Una forma de reducir el tiempo de desarrollo de un fármaco es la que investiga nuestra invitada, Cristina Risco, Doctora en Biología, jefe del Laboratorio de Estructura Celular en el Centro Nacional de Biotecnología e Investigadora del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Consiste en lo que se conoce como “reposicionamiento” de fármacos. Básicamente se trata, no de descubrir fármacos nuevos, sino investigar la posible utilidad de algunos de los ya existentes. No es un proceso fácil, existen muchos miles de fármacos diferentes que han sido desarrollados y aprobados para los más variados tratamientos y descubrir en ellos propiedades distintas a aquellas para las fueron creados es una labor muy compleja. Dicho de otra manera, tal vez un fármaco desarrollado para la lucha contra el cáncer, posea propiedades antivirales que nunca han sido descubiertas. La ventaja de este enfoque es que, en el caso de que se descubra ese nuevo efecto, el tiempo de validación y uso del fármaco se acorta considerablemente y podría ser utilizado en mucho menos tiempo.

Les invito a escuchar a Cristina Risco, en Hablando con Científicos.


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