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El conocimiento científico crece gracias a la labor de miles de personas que se esfuerzan, hasta el agotamiento, por encontrar respuestas a los enigmas que plantea la Naturaleza. En cada programa un científico conversa con Ángel Rodríguez Lozano y abre para nosotros las puertas de un campo del conocimiento.
En muchas partes del mundo, comer insectos es algo cotidiano. En otras, como en Europa, sigue siendo una idea que provoca sorpresa, curiosidad o incluso rechazo. Sin embargo, detrás de esa barrera cultural se esconde un campo de investigación en pleno crecimiento, con implicaciones nutricionales, históricas y medioambientales de gran alcance.
De ello hablamos en este episodio de Hablando con Científicos, en el que participan tres investigadoras que han contribuido al libro Los insectos comestibles en el mundo : Ligia Esperanza Díaz, Nicoletta Righini y Tatiana Pintado del Campo.
El dato inicial es revelador: se han descrito más de 2.100 especies de insectos comestibles. “Es un mundo muy interesante y totalmente desconocido… sobre todo a nivel de Europa”, explica Ligia Esperanza Díaz . Mientras en países como México, Colombia o Tailandia forman parte de la dieta tradicional, en España su consumo todavía resulta marginal.
Pero ¿qué tienen los insectos para despertar tanto interés? La respuesta comienza por su composición. Desde el punto de vista nutricional, destacan por su alto contenido en proteínas —que puede alcanzar hasta el 65%—, además de grasas saludables, vitaminas y minerales. A ello se suma un campo emergente de investigación: el estudio de compuestos bioactivos con posibles efectos beneficiosos para la salud.
La historia de la humanidad también está ligada a estos pequeños animales. Nicoletta Righini recuerda que el consumo de insectos se remonta a millones de años. A través de técnicas como el análisis de restos fósiles o del cálculo dental, los investigadores han encontrado evidencias de esta práctica. “..en el cálculo dental del homo erectus … se han encontrado fragmentos, por ejemplo, de alas de ciertos insectos”, afirma .
De hecho, la importancia de los insectos en la alimentación pudo ser mayor de lo que tradicionalmente se ha contado. Frente a la imagen del ser humano como cazador, Righini subraya el papel de la recolección: “la caza es mucho menos segura… lo que da la seguridad alimentaria es recolectar insectos, miel, plantas”. Esta actividad, muchas veces realizada por mujeres, habría sido clave para la supervivencia de los grupos humanos.
Hoy, el interés por los insectos va más allá de la antropología. En un mundo con una población creciente y recursos limitados, la industria alimentaria busca alternativas sostenibles. Tatiana Pintado lo resume claramente: “su explotación necesita menos cantidad de agua y de espacios que otros alimentos de origen animal” . Además, su eficiencia es notable: producen más proteína con menos recursos.
Sin embargo, el principal obstáculo no es técnico, sino cultural. En Europa, el rechazo inicial es evidente. “La gente tiene mucho temor al ver el insecto entero”, reconoce Díaz . Es lo que se conoce como neofobia alimentaria. Pero la experiencia demuestra que esta resistencia puede cambiar. En talleres de degustación, los participantes suelen pasar del rechazo inicial a la curiosidad… y finalmente a probarlos.
Una de las claves para superar esa barrera es la forma de presentación. En lugar de consumir insectos enteros, la tendencia apunta a utilizarlos como ingrediente. Harinas de grillo, proteínas extraídas o snacks enriquecidos permiten incorporarlos a alimentos conocidos. “Es más fácil eso que comerse un saltamontes entero”, se comenta durante la entrevista.
Mientras tanto, en otras partes del mundo, los insectos siguen siendo un alimento cotidiano. En Colombia, por ejemplo, la hormiga culona se consume tostada y tiene un sabor que recuerda a los frutos secos. En México, los chapulines, los escamoles o los gusanos de maguey forman parte de la gastronomía. En muchos casos, su sabor depende más de la preparación que del propio insecto.
La investigación también está explorando nuevas aplicaciones. Los insectos no solo sirven como alimento, sino también como materia prima. De su exoesqueleto se obtiene quitina, un material con potencial para fabricar envases biodegradables. También se pueden extraer aceites ricos en omega-3 o proteínas con propiedades funcionales.
En Europa, la regulación es reciente. Desde 2021, algunos insectos han sido autorizados como “nuevos alimentos”, pero su presencia en el mercado sigue siendo limitada. Esto explica, en parte, su precio elevado. No obstante, como ocurre con otros productos emergentes, se espera que los costes disminuyan con el aumento de la producción.
Mirando al futuro, las investigadoras coinciden en que los insectos acabarán formando parte de nuestra dieta, aunque de forma progresiva. “Todavía queda trabajo para concienciar a la población”, señala Pintado . La divulgación científica juega aquí un papel fundamental.
Al final, todo se reduce a una cuestión de perspectiva. Lo que hoy nos parece extraño podría convertirse en habitual dentro de unas décadas. Como apunta Ligia Esperanza Díaz, “deberíamos reconsiderar el papel de los insectos comestibles en nuestras dietas” .
Quizá el mayor desafío no sea tecnológico ni científico, sino cultural. Cambiar nuestra forma de entender lo que es —o no es— comida.
Os inviatmos a escuchar a:
Ligia Esperanza Díaz, investigadora del CSIC en el Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos y Nutrición (ICTAN-CSIC), donde trabaja en el Grupo de Inmunonutrición.
Nicoletta Righini, profesora Investigadora Asociada, SNII 2. Instituto de Investigaciones en Comportamiento Alimentario y Nutrición (IICAN) Universidad de Guadalajara. Ciudad Guzmán, Jalisco, MEX.
Tatiana Pintado del Campo, investigadora en el Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos y Nutrición (ICTAN-CSIC) en la Unidad de Servicio de Análisis Sensorial y el grupo de investigación DIGISEN.
Referencias:
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