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La mayor parte de los seres vivos que han poblado la Tierra han desaparecido para siempre. Mensualmente, Germán Fernández Sánchez les ofrece en Zoo de Fósiles la posibilidad de conocer la vida de algunas de las más extraordinarias criaturas que vivieron en el pasado y que han llegado hasta nosotros a través de sus fósiles.
Hace siglo y medio, en septiembre de 1870, el teniente Wann del ejército de los Estados Unidos desenterró el esqueleto incompleto de un gran animal desconocido en el sudoeste de Wyoming, cerca de Fort Bridger. Los fósiles se enviaron al paleontólogo Othniel Charles Marsh, que los relacionó con el género de brontoterios Titanotherium, y creó para ellos la especie Titanotherium anceps en 1871. Según los sedimientos en los que se había encontrado el esqueleto, el animal vivió durante el Eoceno, hace entre 56 y 34 millones de años.
Este descubrimiento atrajo la atención del paleontólogo Edward Drinker Cope, el rival de Marsh en la Guerra de los Huesos, y la región se convirtió en un nuevo campo de batalla de la guerra. Pero el tercero en discordia, el paleontólogo Joseph Leidy, se adelantó. En agosto de 1872, Leidy describió un cráneo y una mandíbula incompletos con el nombre de Uintatherium robustum, por las montañas Uinta, entre Utah y Wyoming, cuyo nombre procede de un término en lengua ute que significa “bosque de pinos”. El equipo de Leidy también descubrió un gran diente canino, que se atribuyó a un carnívoro de dientes de sable y recibió el nombre de Uintamastix atrox.
Solo dieciocho días más tarde, tanto Marsh como Cope pusieron nombre a los fósiles que habían encontrado al sur de las montañas Uinta. En su particular competición para nombrar el mayor número de especies fósiles, Cope describió el Loxolophodon y el Eobasileus, mientras que Marsh estableció el género Tinoceras, que incluía también el espécimen original de Titanotherium anceps, que después de todo no era un brontoterio. Unos días después, Marsh creó el género Dinoceras y agrupó todos estos fósiles en el grupo de los dinocerados, y a lo largo de los años siguientes describió varias especies de los dos géneros basándose en restos fragmentarios.
Pero casi todos esos géneros resultaron ser inválidos. No eran lo bastante diferentes para justificar la separación. Casi todos los fósiles se asignan hoy al Uintatherium de Leidy, que por ser el primero tiene prioridad. Incluso el diente de sable de Uintamastix pertenece a Uintatherium. Para el nombre específico, sin embargo, la prioridad corresponde al Titanotherium anceps de Marsh, aunque el género Titanotherium, por estar ya establecido para un brontoterio, no sea aquí aplicable. Así, casi todos aquellos fósiles pasaron a denominarse Uintatherium anceps, salvo los que Cope describió con el nombre de Eobasileus, que presentan diferencias sustanciales comparados con los de Uintatherium.
Uintatherium y Eobasileus, junto con unos pocos géneros más, forman el grupo de los uintaterios o dinocerados. Eran grandes herbívoros cuadrúpedos ramoneadores, con pezuñas, cuernos y largos dientes caninos, que vivieron desde finales del Paleoceno hasta mediados del Eoceno en Asia y Norteamérica. Fueron los primeros mamíferos realmente grandes. Se ha discutido mucho la relación de estos animales con el resto de los mamíferos; los últimos estudios indican que sus parientes más próximos eran los meridiungulados, un grupo extinto de ungulados que evolucionó en Sudamérica independientemente de los ungulados actuales. No está claro en qué continente se originaron: los dinocerados más antiguos ya estaban presentes en Asia y Norteamérica, que por entonces estaban unidas por el istmo de Bering. Desde finales del Paleoceno, hace unos 58 millones de años, vivía en Asia Prodinoceras, de casi tres metros de largo y 175 kilos de peso. Ya tenía los largos colmillos y las muelas masticadoras característicos de los dinocerados, pero carecía de cuernos. También se distingue por la presencia de dientes incisivos superiores, ausentes en los uintaterios posteriores. Por la misma época vivía en Norteamérica Probathyopsis, muy parecido a Prodinoceras. De Probathyopsis sabemos que los machos eran mayores que las hembras, y tenían los caninos más desarrollados. En ambos géneros, la mandíbula inferior presentaba unos rebordes que se extendían hacia abajo para proteger los caninos cuando la boca está cerrada. Estos rebordes se hicieron más grandes en los uintaterios posteriores.
Durante el Eoceno los uintaterios aumentaron de tamaño y desarrollaron patas robustas en forma de columna semejantes a las de los elefantes; como estos, solo apoyan los dedos en el suelo, protegidos por pezuñas. Al mismo tiempo se perdieron los incisivos superiores y aparecieron los seis cuernos característicos de estos animales: un par en el extremo del hocico, otro delante de los ojos y un tercero en la parte posterior del cráneo. Son seis protuberancias óseas redondeadas, que estrictamente no se pueden llamar cuernos, ya que no hay ninguna evidencia de que estuvieran recubiertas de queratina; seguramente eran osiconos, como los de las jirafas; solo estaban cubiertos de piel.
Entre los uintaterios del Eoceno, el más conocido es Uintatherium, semejante a un rinoceronte africano, con 1,5 metros de altura en la cruz, más de 3 metros de largo y hasta 2 toneladas de peso. El cráneo es grande y robusto, de hasta 91 centímetros de largo, aplanado y cóncavo. Sin embargo, el cerebro es pequeño, del tamaño de una manzana. Los huesos del cráneo son muy gruesos, pero su peso se reduce por la amplia red de senos nasales que los recorre, como en los elefantes. Probablemente tenía el labio superior flexible, como los rinocerontes, y una lengua larga y musculosa como la de la jirafa que usaba, junto con los colmillos, para recolectar el alimento. Hay grandes diferencias entre los sexos: los machos son más grandes, con osiconos y caninos más largos.
Se conocen dos especies de Uintatherium. Una vivió en Norteamérica, que por entonces estaba cubierta de densos bosques, y la otra vivió en China. En la región de Wyoming donde se encontraron los primeros fósiles había un lago rodeado de bosques de abedules, olmos y secuoyas. El entorno donde vivieron los fósiles del norte de Utah, más tardíos, era más abierto, con áreas de sabana. La especie china, algo más pequeña, vivía en una región de lagos, bosques, estepas semiáridas y marismas salobres. Uintatherium convivía con tortugas, lagartos, serpientes, cocodrilos, búhos, grullas, ungulados, primates, roedores, marsupiales y carnívoros primitivos.
La forma del primer par de osiconos de Uintatherium es variable, en algunos ejemplares son pequeños y están inclinados hacia arriba y hacia fuera, mientras que en otros son más largos y horizontales. En la especie americana, los osiconos intermedios y posteriores se inclinan ligeramente hacia fuera, mientras que en la especie china son verticales. Los posteriores pueden alcanzar los 25 centímetros de longitud. En algunos ejemplares, los osiconos presentan daños que sugieren que se usaban en los combates entre machos. Los caninos superiores alcanzan hasta 30 centímetros en los machos.
El mayor uintaterio fue Eobasileus, con una altura en la cruz de 1,8 metros, 4 metros de longitud y más de 4 toneladas de peso. Era muy parecido a Uintatherium, aunque tenía el cráneo más alargado, de hasta 95 centímetros. Vivió en el oeste de los Estados Unidos durante el Eoceno, donde convivió con Uintatherium.
Uno de los últimos uintaterios fue Gobiatherium, que vivió a mediados del Eoceno en China, Mongolia, Kirguistán y Kazajistán y alcanzaba los tres metros de longitud. El cráneo, largo y estrecho, carece de osiconos; los pómulos son anchos y los huesos nasales forman una estructura esférica sobre el extremo del hocico. Gobiatherium carece también de colmillos superiores. No está clara la función del extraño hocico de Gobiatherium, se ha propuesto que podía servir para diferenciar los sexos, como caja de resonancia para amplificar sus bramidos, o para calentar el aire inhalado, aunque esta última función no parece muy necesaria en el clima cálido y húmedo del Eoceno. También se ha propuesto que este animal tenía un estilo de vida semejante al del hipopótamo.
A partir del Eoceno medio, las temperaturas globales, que habían alcanzado los valores máximos de toda la Era Cenozoica, empezaron a descender; este cambio climático, unido a la competencia con los brontoterios y los rinocerontes, provocó la desaparición de los uintaterios
Referencias
Brontoterio. La bestia del trueno.
La Guerra de los Huesos
OBRAS DE GERMÁN FERNÁNDEZ:
Distensión de abductores: La saga de los borelianos II
Infiltrado reticular es la primera novela de la trilogía La saga de los borelianos. ¿Quieres ver cómo empieza? Aquí puedes leer los dos primeros capítulos.
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