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Con motivo del septuagésimo aniversario del descubrimiento de la estructura molecular del ADN, en 1953, en el programa anterior repasé brevemente la historia que condujo a ese hallazgo capital para la historia de la Humanidad. No obstante, en esa ocasión, no tuve tiempo para tratar con el detalle que merece un experimento crucial que confirmó que el ADN es el portador de la información genética. Este es el famoso experimento de Hershey y Chase, publicado solo unos siete meses antes de que Watson y Crick publicaran la estructura del ADN.Hoy, en este episodio de Quilo Vintage, nunca publicado en forma de Podcast, vamos a visitar brevemente cómo Alfred Hershey y Martha Chase idearon un sistema experimental para dirimir, más allá de toda duda, qué tipo de molécula, las proteínas o los ácidos nucleicos, era el que almacenaba la información genética que se transmitía de generación en generación en todas las especies de seres vivos.
Una de las características más sorprendentes de la pasada pandemia de COVID-19, causada por el coronavirus SARS-CoV-2, es el elevado número de personas infectadas que, no obstante, no mostraban síntomas y pasaban la enfermedad prácticamente sin enterarse de nada. No había muchas posibilidades para explicar esta situación. Las personas asintomáticas, bien eran menos susceptibles a ser infectadas por el virus, debido probablemente a alguna variante genética que disminuía su susceptibilidad, o bien eran mucho más expeditivas a la hora de eliminar la infección y no daban tiempo para que esta se desarrollara. Hoy explicamos una reciente razón de este fenómeno hallada por un numeroso grupo de investigadores, un hallazgo que nos conduce, al mismo tiempo, a interesantes conclusiones sobre las vacunas y sobre nuestra propia evolución como especie.
La paleontología molecular está basada en el análisis de restos de moléculas de ADN presentes en sedimentos producidos hace miles o incluso millones de años. Todas las células de los seres vivos poseen ADN, que pasa al suelo cuando mueren. No obstante, también, durante su vida, los organismos “siembran” ADN con sus heces y con la orina. Las plantas dejan su ADN en el suelo con las hojas caducas o con las raíces, una vez muertas. Así pues, que el ADN pasa de los seres vivos al suelo, y con el tiempo al subsuelo, es innegable. La extracción del ADN de los sedimentos de 400.000 años de antigüedad permitió, hace ya dos décadas, determinar que la muestra correspondía a tres especies de aves extintas y a veintinueve especies de plantas. Se pudo así obtener una muestra de la fauna y la flora que vivía en esos parajes hace cientos de miles de años. Jorge Laborda explica ahora los conceptos químicos que permiten estas investigaciones.
La encefalopatía espongiforme bovina, más popularmente conocida como “enfermedad de las vacas locas” amenazó con convertirse en una seria epidemia a principios del siglo XXI. Esta enfermedad infecciosa era causada por una proteína patógena, denominada prion. En 2003, un grupo de investigadores de Reino Unido, realizó un fascinante estudio sobre una enfermedad similar a la de las vacas locas, pero solo propia de los Fore, una tribu de Papúa Nueva Guinea que practicaba un canibalismo ritual. El estudio con la tribu Fore suministró valiosa información para comprender por qué unos eran muy susceptibles a la enfermedad y otros eran resistentes a la misma. La información adquirida abrió, además, una siniestra puerta hacia nuestro oscuro pasado como caníbales. Hay varios aspectos que tratar en relación con lo que se ha ido conociendo estas dos últimas décadas sobre el gen del prion y la proteína priónica que produce.
En el año 2000 se dio la noticia de la secuenciación del genoma humano ¿Todo? ¡No! Zonas del genoma pobladas por secuencias de letras rebeldes y obcecadas en repetirse múltiples veces resisten todavía al secuenciador. Tras duras batallas en las dos últimas décadas, todas esas zonas resistentes del genoma han sido finalmente vencidas y han librado la información de su secuencia de letras. Entre las más resistentes se encontraban amplias zonas del cromosoma Y, ese que solo poseen los hombres y que es responsable, entre otras cosas, del desarrollo de los órganos genitales masculinos y de la producción de espermatozoides. Vamos, de la perpetuación de la especie. Gracias a numerosos avances en la tecnología de secuenciación del ADN y también en el análisis y manipulación de ingentes cantidades de datos genómicos, un numeroso consorcio de investigadores y técnicos de laboratorio ha conseguido, por fin, la secuencia completa del cromosoma Y, que han publicado en la revista Nature.
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