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Durante la evolución de las especies, debido a la dificultad de conseguir comida, el cerebro desarrolló un mecanismo regulador del apetito, que el gran escritor y divulgador científico estadounidense Isaac Asimov denominó el “apestato”. El “apestato” detectaba mucho más frecuentemente disminuciones de peso corporal que aumentos del mismo, y daba las órdenes necesarias para estimular la búsqueda de alimento. Hasta finales del siglo XX no comenzó a comprenderse cómo funcionaba el “apestato”. Para ello, fue fundamental el descubrimiento de la hormona leptina, llamada así a partir de la palabra griega “lepto”, que significa delgado, ligero. Ahora, un nuevo trabajo de investigación coliderado por Ana Domingos, del Instituto Gulbenkian de Ciencia, en Oeiras, (Portugal), y por Jeffrey M. Friedman –uno de los descubridores de la leptina– de la Universidad Rockefeller, de Nueva York, revela que la leptina actúa sobre el propio tejido adiposo blanco que la produce a través del sistema nervioso.
Así como los animales utilizan su mayor o menor inteligencia, dependiente del funcionamiento de sus sistemas nerviosos, para evaluar las condiciones del entorno y responder frente a ellas, la evidencia científica acumulada recientemente indica que las plantas cuentan también con su propia inteligencia, una inteligencia que no está basada en el funcionamiento del sistema nervioso, sino que funciona de otro modo. No obstante, las plantas pueden aprender, pueden comunicarse con otras, pueden memorizar y pueden tomar decisiones en respuesta a determinados estímulos. A lo largo de su evolución han ido acumulando genes y mecanismos moleculares que pueden poner en marcha o apagar cuando es necesario para adaptarse a los avatares del entorno, a pesar de que no pueden echar a correr para salvarse, o a lo mejor, precisamente por esa razón.
Cada año se suicidan alrededor de un millón de personas. En 2012, hubo 3.559 suicidios “oficiales” en España (7,1 por cada 100.000 habitantes), es decir, casi diez suicidios diarios, que los medios de comunicación tratan, en general, con silencio sepulcral, nunca mejor dicho. Como punto de comparación, en 2013 murieron 1.128 personas por accidentes de tráfico en España, muertes de las que cada semana recibimos puntual información, acompañada de los consiguientes consejos de prudencia al volante. Un estudio, publicado por investigadores de la Universidad de Zúrich (Suiza) en la prestigiosa revista médica The Lancet Psychiatry, desvela que una importante causa del suicidio es el desempleo.
Hace dos décadas, una serie de estudios revelaron aspectos muy interesantes sobre el sexo y la homosexualidad. En la revista Nature se decía que los hombres tienen el dedo anular significativamente más largo que el índice, es decir, la relación I/A (índice/anular) es relativamente pequeña comparada con las mujeres, y también, y ahí residía el interés de la noticia, comparada con los hombres homosexuales. En otro estudio, realizado con 23.410 hombres y mujeres, homo y heterosexuales, reveló que ciertos ecos que la cóclea del oído emite en respuesta a sonidos de duración muy corta difieren entre hombres y mujeres, y las mujeres homo y bisexuales tienen un patrón de emisión de esos ecos intermedio. Hace un año, un estudio publicado en la revista Science, realizado sobre medio millón de personas, reveló que no es un solo gen el que determina si una persona será homosexual, sino cientos de variantes génicas. Estos estudios revelan que la sexualidad humana es un continuo, todos tenemos algo de viril, algo de femenino y algo de homosexual en nuestros genes.
Recientemente, un numeroso grupo de investigadores de varias universidades estadounidenses han generado una modificación del sistema CRISPR que permite afectar al funcionamiento de genes esenciales de las bacterias sin matarlas, y poder estudiar así mejor su función. Para ello, han conseguido una variante de enzima Cas que junto con un ARN complementario a un gen bacteriano puede unirse al mismo, pero sin cortarlo, es decir, sin destruirlo. La unión del ARN y del enzima Cas no cortante impide, sin embargo, el funcionamiento del gen en mayor o menor medida, por lo que la bacteria no puede tenerlo funcionando al cien por cien. Con el funcionamiento de uno o varios genes disminuido, podemos ahora analizar si estos afectan a la sensibilidad de una bacteria a un antibiótico frente al cual es resistente.
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