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La mayor parte de los seres vivos que han poblado la Tierra han desaparecido para siempre. Quincenalmente, Germán Fernández Sánchez les ofrece en Zoo de Fósiles la posibilidad de conocer la vida de algunas de las más extraordinarias criaturas que vivieron en el pasado y que han llegado hasta nosotros a través de sus fósiles.
El megalodón era un enorme tiburón carnívoro de más de dieciséis metros de longitud y cincuenta toneladas de peso, el mayor tiburón que ha surcado los mares de nuestro planeta. Apareció hace unos dieciséis millones de años, a mediados del periodo Mioceno. La cabeza del megalodón es ancha y abombada, con el hocico corto, y alberga unas mandíbulas de más de dos metros de anchura, con unos 276 dientes de cuatro tipos diferentes, repartidos en cinco filas.
En 1924 George Olsen descubrió el esqueleto parcial de una nueva especie de dinosaurio que había quedado sepultado junto a unos nidos por una tormenta de arena, se supuso que el animal había asaltado el nido para alimentarse de los huevos. El año siguiente, Henry Fairfield Osborn bautizó a la nueva especie con el nombre de oviraptor (“ladrón de huevos”). Pronto se descubrió que el apelativo de “ladrón de huevos” era inmerecido o, al menos prematuro.
En 1963, dos paleontólogos estadounidenses, J. Wyatt Durham, de la Universidad de Berkeley, y K.E. Caster, de la Universidad de Cincinnati, publicaron en la prestigiosa revista Nature la descripción de Helicoplacus, primer representante de una nueva clase de equinodermos fósiles, el grupo que incluye a las estrellas y erizos de mar. Helicoplacus vivió en el periodo Cámbrico Inferior, hace unos 530 millones de años. Era un animal de cuerpo fusiforme, de pocos centímetros de longitud, con forma de peonza o de gota invertida.
En 1992 se descubrió en Venezuela un caparazón de tortuga de la especie Stupendemys (“galápago asombroso”) de 3,3 metros de largo y 2,18 de ancho, lo que corresponde a un animal de 5,25 metros de longitud y seis toneladas de peso. Hace 10 millones de años, la región estaba ocupada por un mar interior poco profundo de aguas cálidas, llamado mar de Pebas, en cuyas aguas vivían gigantescas tortugas y una gran variedad de cocodrilos. Se han encontrado caparazones de tortuga con marcas de los dientes de Purussaurus, el mayor de los cocodrilos, uno de ellos, con una herida de 60 centímetros, muestra signos de cicatrización, lo que significa que la tortuga, a pesar de haber perdido una pata y la cola, sobrevivió.
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